3.15.2016

La Novatada


Se recomienda leer el siguiente relato al ritmo de Ice, Ice Baby, rola contemporánea a los sucesos narrados en esta entrada.


 
Aquella mañana al entrar a la escuela ya sabía lo que iba a suceder. Había sido partícipe involuntario de la planeación y hasta ejecutor casi obligado de algunas tácticas para garantizar el éxito de la operación en los días previos.

Por eso, en el amanecer de ese nuestro primer viernes como alumnos de quinto semestre del U-2, no pude evitar el sentir más simpatía por los pobres chicos de primer semestre que ingenuamente entraban al plantel mientras mis compinches de quinto y los chavos de tercero preparaban el plantel completo para la legendaria novatada del Semestre 1990-B.

Resultó simpático que ninguno de los pequeños saltamontes que acababan de entrar a la escuela sintieron curiosidad de ver a todos los de tercero y quinto arribar al colegio con ropa “de calle”, pues nadie llevó los uniformes porque hasta eso tenían planeado: no se iban a “ensuciar de sangre”.


Los personajes más malvados del 5º. “F” gozaban de su fechoría aun antes de cometerla: Armando, Armas y Patrick hasta compraron gorritos de fiesta para el momento de iniciar la masacre.

Yo traté de abstraerme en los minutos previos dándole lectura a mi inseparable cómic de G.I. Joe. Por un momento me sentí culpable al recordar cómo un par de días antes y en calidad de miembor del comité de alumnos, pasé por los salones de metal, los que les tocaron a los primeros, para pedirles que a las 11 de la mañana del viernes todos se mantuvieran adentro del salón porque "algo importante" iba a acontecer.

Pero las 11 de la mañana llegaron y con ellas una pipa de agua especialmente pagada para la ocasión. 

Ni dos minutos pasaron cuando se escuchó el primer alarido: la novatada quedaba oficialmente inaugurada.

El permiso de Coordinación incluía únicamente mojar a los inocentes de primer semestre, pero todos sabíamos que las enfermas mentes de los veteranos no podían conformarse con eso. Por ello, a nadie le extrañó que desde antes de las 7:00, con cierta desfachatez, mis cogeneracionales y los de tercer semestre ya estaban metiendo cajas que despedían olores desagradables y cuyo contenido empezó a impactarse en las caras, espaldas, piernas y el resto de las humanidades de los chicos de primero que corrían desesperados por el patio central de la escuela.

Se escucharon los primeros gritos y en menos de 5 minutos, eso era una carnicería. Jitomates podridos daban color a la barbarie. Y a los 10 minutos el collage de porquería ya no dejaba distinguir los ingredientes: por los cielos del U-2 volaban además de los jitomates, restos de aguacate, bolas de lodo, globos llenos de harina y hasta loción Siete Machos, mientras unos y otros se revolcaban, ya fuera de desesperación por escapar o de risa al presenciar la suerte de los pequeños.

Yo observaba todo desde el interior del salón, primero incrédulo, luego con una sonrisa de complicidad, pues por amargo que se fuera no se podía dejar de ver lo simpático del sufrimiento de los novatos a manos de sus abusivos compañeros mientras los mojaban, les untaban jitomate podrido en la cara o los aventaban entre varios a los charcos de lodo que las lluvias habían generosamente donado para la ocasión.

Pero al cabo de unos minutos la situación se transformó de una forma que nadie habría podido anticipar.

Los de quinto y tercero habían ganado la guerra de desgaste; ya nadie de primer semestre corría porque ya habían atrapado a todos, ya nadie manoteaba porque ya todos estaban untados de porquería hasta las axilas. Pero al parecer, la enjundia de los agresores no había menguado y las municiones tampoco...

De pronto, sin que nadie se lo propusiera y sin agua va, los jitomatazos reaparecieron pero entre los de tercero y los de quinto y visceversa. Y lo peor no tardó ni 5 minutos en fraguarse, pues en un abrir y cerrar de ojos ya se estaban dando entre los mismos compañeros de grupo. Primero fueron Armas y Salvador González revolcándose en un charco de lodo, luego Viloria le aventó una cubetada de agua a Rogelio y un gandalla anónimo no desaprovechó la chance para estampar una bola de lodo en la cara de Illezcas...

Justo en ese momento me di cuenta de que mi integridad personal, intacta hasta ese instante, no podría mantenerse así mucho tiempo si permanecía en la escuela: era hora de emprender la graciosa huída.

Sin embargo, la misión era extremadamente peligrosa, porque en la plaza principal la histeria y la paranoia estaban a todo lo que daban con más de un centenar de locos masacrándose unos a otros. Tratar de pasar por ahí equivalía a suicidio.

La solución pertinente era únicamente una y mis compañeras que no quisieron participar de la barbarie no pudieron sino esbozar una sonrisa cuando vieron al chaparrito del portafolios café aventarse por una de las ventanas de atrás del edificio. 

De tal suerte que, mientras los gritos todavía se escuchaban desde el patio central, a hurtadillas logré fugarme de ese manicomio que fue la escuela después de las 11:20 de la mañana.

Al día siguiente fui enterado de cómo un comando integrado por varios de mis compañeros de grupo fracasó buscándome para ajusticiarme y cómo fui prácticamente el único de los chavos que salió ileso de aquella barbarie, la cual terminó para mí cuando, ya caminando tranquilamente por Vista Hermosa, me alcanzó Viloria todo mojado y manchado de restos de verdura y me preguntó “¿huelo muy feo?”, a lo que yo contesté “Hmmmm… No más de lo acostumbrado”.


2.01.2016

De Vuelta al Colegio

Se recomienda ampliamente leer la siguiente historia al son de Blaze of Glory de Bon Jovi.

Aquella mañana del lunes 3 de septiembre en que volví a caminar por San José Vista Hermosa rumbo al Plantel U-2 del Colegio de Bachilleres de Puebla, me di cuenta que la rutina del semestre anterior parecía ser la misma: autobús lleno de chicos con suéter gris, caminata de 20 minutos y nada alrededor mas que campo y colonos que nos veían con ojos de desprecio.


Sin embargo, al iniciar mi quinto semestre de bachillerato me di cuenta de que yo ya no era el mismo… Desde el mismo viaje en el CREE-Madero, cuando me percaté que había varios pequeñuelos a los que nunca en mi vida había visto y, al mismo tiempo, debí caer en cuenta de ya no estaban los chavos de sexto semestre, esos que a veces te veían de arriba hacia abajo no solo por la estatura, sino por algo que respondía al nombre de “estatus”.

A partir de esa mañana, yo había dejado de ser uno de los “de en medio”, ahora era uno "de los grandes"; ya nadie me contaba lo que era la geometría analítica o los libros de diario de contabilidad. En el verano había conocido lo que era tratar con hombres de negocios y pedir trabajo, por lo que, definitivamente, ya era tooodo un chico de quinto.

Pero todo cambio tiene su precio y sus traumas.

La comodidad del cuarto semestre pronto se esfumó cuando nos dimos cuenta de que ser chicos de quinto traía consigo muchas cosas nuevas y casi ninguna tenía un rostro agradable: nuevas materias, nuevos maestros, nuevos horarios, nuevos salones.

Pero si ese año nos tuvimos que chutar la reunificación de Alemania, la reinvención completa de un país, bueno, adaptarnos a un cambio de salón en San Bernardino Tlaxcalancingo parecía poca cosa, aunque no lo fuera en realidad. De la comodidad de tener la última aula del plantel, fuimos trasladados a la planta baja del edificio 1… A casi nadie le gustó la mudanza: eramos felices en nuestro rinconcito.

Aunque este no sería el único cambio que le pondría los pelos de punta al estudiantado del ahora 5º. “F”. En los primeros días del nuevo semestre, cuando nos vimos obligados a ir de un salón a otro para las nuevas materias optativas, empezó a caerme el veinte de que esas cabecitas que iban y venían a las 11 de la mañana estaban en la recta final de su estadía en ese plantel, que aunque aún olía a nuevo, ya tenía su primer semestre de historia a cuestas y se quedaría ahí por mucho tiempo, pero no nosotros, nuestros días en el U-2 estaban contados.


Es probable que el primer día de clases del quinto semestre fue el primer día que entendí que ese día era el inicio del fin de mi educación media superior, que yo era un ave de paso y que junto a 299 personajes que entramos aquella mañana, unos meses después saldríamos para siempre y nuestros nombres serían simples estadísticas en un archivero en la oficina de la coordinación.

Tal vez semejantes reflexiones no eran propias de un chico de 17 años, atormentado en el amor, poco popular entre la tropa y total ignorante de lo que le depararía el futuro en ese año que inició una mañana de 3 de septiembre.

10.01.2015

Soy un Hombre Casado



Recomiendo leer la siguiente historia mientras eschuchas Right Between the Eyes de WAX

 
En aquella mañana del 17 de marzo, con la primavera a punto de llegar a los suburbios donde hacíamos nuestra vida preadolescente, en puerta estaba quizá la única celebración que nos levantaba alguna expectativa: el Día del Estudiante.

La perfecta fórmula para no hacernos sentir niños y ganar dinero era implementada desde mediados de marzo y hasta finales de abril con la regla de que cada grupo de la Escuela Secundaria Técnica 43 proponía a su candidata para Reina del Estudiante y la ganadora no sería ni la más bonita, ni la más carismática, ni la más lista, sino la que más dinero juntara, claro, para que este acabara en las arcas de la escuela.

De tal suerte, se desataba desde el inicio una lucha encarnizada entre todos los grupos por amasar fortuna de la forma que fuera.

La candidata, regularmente, sí era la más bonita o al menos la más carismática de cada grupo, y ella, junto a su "equipo de campaña" tenían la misión de convencer a los compañeros de otros grupos de participar en las actividades de su candidatura y no en las de las demás niñas.

Las rifas fueron durante un tiempo el método más socorrido, pero pronto se chotearon y nadie se interesaba en entrarles.


Las kermeses matutinas se volvieron opción un rato, pero a nadie le gustaba que su madre estuviera en un puesto de tostadas vendiendo alimentos a sus compañeros de clase.

Las tardeadas, esas sí, resultaron un éxito. Pero esa es harina de otro costal.

Ese martes, el 2o. "A" tenía permiso de la dirección para armar una actividad lucrativa a la hora del receso.

De tal suerte, a las 10:20, a un lado de las escaleras del edificio 2, se instaló un "Registro Civil", cortesía de las niñas del Equipo 5.

La idea, heredada de generaciones anteriores, fue un hitazo.

El asunto consistía en pagar una cantidad, que no recuerdo, por contraer nupcias de manera ficticia, con todo y juez y testigos. 


En un sentido estricto era tirar el dinero a la basura, sin embargo, en la sociedad de segundo de secundaria, salir del Registro Civil con un acta de matrimonio debidamente firmada y validada por las "autoridades" era un voto de amor y confianza para quienes entraban al mismo de manera voluntaria… Pero tenía más valor aún para quienes eran metidos al Registro contra su voluntad… lo cual, por cierto, era más divertido.

Usualmente, los "matrimonios" en los que los "novios" eran llevados a rastras tenían dos lecturas: ambos "querían" pero ninguno de los dos lo aceptaba, lo cual arrojaba hermosas estampas de "resignación" a la hora de firmar el acta. O en el caso que quedaba, uno de los dos estaba enamorado y el otro… no.

Aunque la prioridad eran los clientes de otros grupos de la Secu, era forzoso darnos un espacio para que el "A" tuviera su dotación de casamientos, al fin, teníamos 50 minutotes de receso para consumar las uniones.

Marco Esteban e Ivonne Lorena fueron los primeros en ser capturados y encerrados en el Registro Civil. Él, mi mejor amigo, nunca se caracterizó por ser buen actor. Trató de resistirse, pero no mucho, es más, muy poco… Ella, seria en esencia, no podía esconder su bochorno, pues tenía la cualidad de dejar que sus mejillas la delataran poniéndose coloradas, coloradas, pero con todo, no ofreció mucha resistencia. Primera unión de la mañana consumada.

Siguieron Víctor Hugo el "Capu" y Mónica. Esta vez resultaba evidente que él no estaba interesado y que ella se encontraba feliz con el enlace, pues no ofreció pelea para ser metida al "corralito" formado con bancas y sillas a un lado de la escalera.

Arturo y Ángeles pasaron igual y fue ahí donde en el ambiente empecé a sentir que yo pasaría inadvertido por la chica que me gustaba desde muchos meses atrás y no solo eso, algunos de mis compañeros ya cocinaban casarla con otro niño de mi grupo, quien estaba "apuntado" también ahí.

Esa idea se borró unos minutos de mi mente cuando Johnny se convirtió en la botana del día, pues lo capturamos entre todos y casi pataleando lo metimos al Registro Civil, donde ya lo esperaba Rafaela, su "enamorada" de ese año y a la cual no le tiraba ni un laso. Johnny era el más galán del grupo y Rafaela, bueno, no era su contraparte femenina, aunque era una buena chica.

Esa fue la boda más simpática de la mañana, pues casi le agarraron la mano a nuestro amigo para que firmara mientras que ella estampó su rúbrica en el acta de matrimonio a la primera y hasta resaltadita.

Las carcajadas estaban a todo lo que daban cuando sin agua va, fui capturado a traición por la espalda al mismo tiempo que Salomé, quien no había tomado el asunto del mejor modo...

"Ok, Jair, paga" fue la orden que recibí de la "juez"… Sin embargo, de todos era conocido que mis bolsillos no solían llevar ni la pelusa de la lavadora, por lo que ella vio la esperanza de salvarse dada la falta de recursos económicos del "novio".

Sin embargo, Jacqueline se reveló como la buena samaritana que apoquinó la cuota y la ceremonia siguió su curso. Mientras yo le hacía al tonto forcejeando para no firmar, sin querer vi de reojo a mi "rival" por estar en esa silla y su mirada de odio se grabó en mi retina y retumbó en mi cráneo durante muchas semanas; firmé y ella, más resignada que con gusto, hizo lo propio.

La boda estaba consumada, fuimos declarados entonces marido y mujer.

Aprovechando el gusto que se le veía a la novia tras contraer nupcias, la juez se sacó un as bajo la manga al decir que tenía que besar a mi nueva esposa antes de volver a clases a menos de que pagara 50 pesos de multa. Mi argumento para no casarme era ahora la oportunidad de plantarle un beso a la niña que tenía ahí junto: no tenía un centavo conmigo.

Pero entonces, ella sacó los 50 pesos de su bolsa y pagó la multa. Se levantó al tiempo que sonaba la chicharra para regresar a clases y yo me quedé ahí sentado como menso con una singular sonrisa en la cara.

Lo extraño es que nadie supo, ni con el paso de los meses, dónde terminó "mi" acta de matrimonio.

Yo supongo que esa misma tarde fue convertida en confeti…