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9.05.2024

Corazón de Maratonista


Publicado en el Periódico REFORMA el 1 de septiembre de 2022
 
Soy el corazón de Juan.
 
La madrugada del domingo 28 de agosto de 2022, al cruzar Ciudad Universitaria en penumbras hacia el Estadio Olímpico Universitario, comencé a latir como nunca antes. Varios meses de "acompañar" a Juan todas las tardes a entrenar desde que se inscribió al Maratón de la Ciudad de México, nos llevaron a la gran cita. Compartimos la emoción de esos minutos previos a "nuestro" primer maratón.
 
Como Juan no es ningún atleta de elite, portó un brazalete azul y tuvo que esperar casi 50 minutos desde el primer disparo para poder tomar la salida; de cualquier forma, su ánimo no menguó, al contrario, cuando al fin pasó por el arco, salió como potro desbocado; total, de ahí hasta la Glorieta de Insurgentes estaba de bajada. Fueron 10 kilómetros de pura adrenalina, de sentir el aire, las porras de la gente. 
 
Juan estaba feliz y su felicidad me contagió durante los siguientes 10 kilómetros.
 
Sin embargo, al cruzar la marca de los 25, por allá de Polanco, sentí raro a Juan, ya no iba tan rápido y, sobre todo, ya no estaba sonriendo. Pero no me dijo nada, él trató de seguir con lo suyo y yo me dediqué a lo mío los siguientes 7 kilómetros. Mucho silencio, que solo fue roto por leves susurros: "ya no puedo, ya no puedo..."
 
Y ahí, en esa barrera que los maratonianos conocen como el "Muro", que los expertos definen como el punto del maratón en donde se agotan prácticamente las reservas de carbohidratos del cuerpo, el susurro fue un grito desgarrador: "¡ya no puedo!"...
 
Cuando Juan encorvó el cuerpo y estuvo a punto de irse de bruces hacia el piso, justo antes de subir al puente de Ejército Nacional que cruza sobre Circuito Interior, entendí que no podía dejar solo a Juan; aunque no tenía mucha idea de qué hacer, -solo soy un corazón-, también entendí que en ese momento me tocaba rifarme por él.
 
Recordé entonces todas esas veces que Juan apagó el Netflix para salirse a entrenar, las ocasiones que se negó a ir a fiestas con sus cuates y hasta una vez que quedó mal con su familia porque tenía una "distancia larga"; Juan no es ningún atleta de elite, pero vaya que se sacrificó para llegar hasta ese momento y yo no lo iba a dejar solo.
 
Tomé el mando de la "nave" durante esos últimos 10 kilómetros, en los cuales vi caer a varios corredores, algunos gritando de dolor, pero yo le dije a Juan: "No, tú no te quedas, carnal, tú llegas porque llegas".
 
Cuando agarramos 20 de noviembre y vimos la Catedral de frente, como un milagro, Juan volvió a ser el de antes del "Muro", sus ojos brillaron, su sonrisa regresó y entonces corrió esos 500 metros finales ya no con mi ayuda, sino con la de su alma... yo estaba exhausto, pero bien.
 
Tras cruzar la meta, creí que Juan ahora sí desfallecería, pero fue al contrario, levantó los brazos y las lágrimas que derramó fueron para mí más refrescantes que los 2 litros de agua que nos tomamos después de colgarnos la medalla.
 
 
Como Juan, Jorge Jair Meléndez tampoco es un atleta de elite, pero conoce un poco de este tipo de experiencias. ¡Ah!, y es editor en CANCHA Reforma.
 

 

3.10.2020

La cinta de micropore

Casi todas las historias de "hazañas atléticas" tienen un héroe desconocido. Esta no es la excepción, aunque el personaje tal vez sea por demás raro para el lector: se trata de un pedazo de cinta adhesiva, conocida por el mundo como Micropore.

Pero vamos por partes.

Al lanzarme a correr por primera vez el BERLIN-MARATHON, una de las cosas que dejé pendiente fue la pulserita con los tiempos parciales que quería conseguir para, al final, aspirar a una meta en cuanto tiempo.

Digamos que esa pulsera tiene apuntados cuántos minutos u horas has de sumar al recorrer cada kilómetro para saber, a la hora de contrastarlo con el tiempo que en realidad vas haciendo, si debes acelerar o tratar de bajarle al ritmo, con el fin de cruzar la meta en el tiempo que te hayas proyectado.

Históricamente, esa guía siempre ha sido un dolor de cabeza para mí porque siempre la olvido. 

Pum... ¡Flashback!
En el Maratón de New York City en 2016 tuve que apuntar los parciales en una hojita de papel que llevaba metida en una de las bolsas de mis shorts y que, invariablemente, perdí por ahí del kilómetro 33, justo al llegar al Bronx. Al meter la mano a la bolsa del pantalón y no hallar mí guía, la cual además iba cumpliendo casi al pie de la letra, me sentí huérfano de objetivos y tuve que irme a la buena de Dios... Al final valí gorro e hice como 20 minutos más de lo que tenía planeado.


Como esa puedo contar otras 5 y ni así aprendí la lección, porque una noche antes del BERLIN-MARATHON 2019 yo no tenía la mentada pulserita y eso representaba un drama. En mi descargo está que en un grupo de Facebook alguien aseguró que las pulseras las regalaban en la Expo, pero dicha info resultó falsa. El caso es que, unas horas antes de lanzarme a la línea de salida, no tenía esa guía que, como pocas veces, en esta ocasión se me hacía fundamental por razones que luego expondré.

Sin papel como para intentar lo de la nota en la bolsa, alrededor de las 0:00 horas del 29 de septiembre de 2019 vino a mi cabeza la idea de recurrir a un trozo de cinta micropore para llevar ahí mi guía... Con un poco de dificultad por la superficie en la que tenía que escribir y por el tamaño en el que tenía que hacerlo para no cubrirme el brazo entero, me di a la tarea de apuntar los parciales que soñaba hacer en cada uno de los 42 kilómetros y 195 metros que empezaría a correr 9 horas después.

De tal suerte, a las 9:00 horas en el último corral de salida sobre la avenida 17 de Junio de Berlín, un pequeño mexicano con el número 63061 en el pecho tenía pegada en su brazo izquierdo una cinta micropore con esa guía, la cual se encontraba cubierta por una manga de licra que se levantaría cada vez que hiciera falta checarla.

El plan era perfecto.

El inicio fue perfecto.

Los primeros 2 kilómetros fueron perfectos.

Pero...

Cuando aún no salía de la Avenida 17 de Junio se vino la tragedia: empezó a llover. Y no una llovizna como me tocó en 2018 en Chicago... No, señor, ahora se vino el aguacero con todo.

Mi optimismo irredento no me permitió pensar que algo podía salir mal pese a ese "pequeño inconveniente". De hecho, me aplaudí a mí mismo por haber colocado mi parche de micropore abajo de la manga. Sabía que eso la protegería lo suficiente.

Pero no fue así.


A los 7 kilómetros, apenas a los 7, de iniciado el Maratón de Berlín 2019, mi glorioso parche de micropore estaba completamente empapado.

Pero eso no era lo peor.

Pese a la manga de licra, era tal la cantidad de agua y la fuerza con la que le había caído durante más de media hora, que el parche comenzó a despegarse de las esquinas...

Pero eso no era lo peor... Con todo y que "Bic no sabe fallar", al cruzar el kilómetro 8, algunas partes de la escritura comenzaron a tornarse ilegibles.

¡Oh, no! Mi oráculo estaba condenado a fallar.

Fue simpático.

En ese momento, no me puse a pensar si mis zapatos estaban ya empapados, si me escurría agua por las piernas y se iba directo a mis calcetas o si mi gorra ya goteaba... Mi principal preocupación fue mi parche de micropore.

Entonces fue que me despojé del Buff que llevaba en el cuello y lo puse en la muñeca para tratar de proteger un poco más a mi guía maratoniano.


Además, el detalle que recuerdo con más simpatía fue que, a partir de ahí, cada que iba a checar el parcial al cruzar la marca de un nuevo kilómetro, ejecuté ceremoniosamente todo el proceso para alargar la vida de mi parche: zafaba el Buff, exprimía la manga de licra con todas las fuerzas de mi mano derecha (y con todo y el brazo izquierdo), para entonces ya descubrir el parche y checar si mi plan de carrera se acercaba, aún, al ideal que había planteado horas atrás.

Así lo realicé cada kilómetro durante los siguientes 9 hasta que caí en cuenta de que llevaba casi 2 minutos de ventaja con respecto al tiempo que podía permitirme.

Hice entonces la reflexión de que con ese colchón, tal vez podía mantener el paso y evitar checar el parche durante unos cuantos kilómetros, pensando en cuidarlo un poquillo más.

Procedí de esa manera y así me aventuré mientras el aguacero cedía un poco y nos acercábamos a la mitad de la ruta, tras la cual, perdí casi toda la ventaja que llevaba con respecto al plan, por lo que tuve que volver a checar abajo de mi manga cada kilómetro.

Justo cuando creí que el parche daría su vida antes de cruzar la meta, caí en cuenta de que a partir del kilómetro 23, todos los parciales que tenía que hacer eran múltiplos de 7, por lo que me aventuré a tapar la guía y usar como única referencia el tiempo que marcaba mi teléfono contrastado con las marcas de kilómetros en lo que quedaba de la ruta.


Sin querer, eso provocó que la última parte del maratón, esa que muchos (yo incluido en muchas ocasiones) sufren más de lo que la disfrutan, se convirtiera en un reto inolvidable: con qué emoción volteaba el teléfono al cruzar cada marca de kilómetro para ver que en lugar de 3:21, iba en 3:19, dos minutos abajo, y así durante más de 15 kilómetros.

Lo más increíble es que, pese a perder gas en los últimos kilómetros de la prueba e incluir una escala para abrazar y besar a la mujer que me dio la vida en el kilómetro 41, al final crucé la meta del Maratón de Berlín 2019 exactamente con el tiempo que había escrito sobre la cinta de micropore la noche anterior, más como un sueño que como una certeza.

Recuerdo que una de las primeras cosas que hice después de gritar con todas mis fuerzas fue levantar mi manga para ver cómo había acabado el parche y sí, ahí estaba, aún mojado, doblado en algunas partes e ilegible en otras, pero había aguantado y había sido mi guía en el mejor maratón de toda mi vida.

Por eso, ese trozo de tela adhesiva tiene para mí tanto valor como la medalla que me dieron minutos después.
Así fue como terminó mi parche de micropore, héroe y leyenda de Berlín 2019.


5.15.2019

El día que José Lazcarro salvó una vida

Se recomienda leer esta historia al son de Losing My Religion, de R.E.M.

Saltar de una vida de educación pública a la Universidad de las Américas Puebla ya en sí era una acrobacia de dificultad extrema, pero lo que me depararía la vida después de apenas un semestre desafió la exigencia del más atrevido de los acróbatas.

Las reglas académicas estaban claras y hasta firmé un papel aceptándolas cuando fui aceptado en la institución en el otoño de 1991, honrado con la Beca Excelencia Jenkins:

1. Cada semestre debía obtener un promedio acumulado de 90.
2. Cada semestre debía meter una carga de al menos 30 unidades (es decir, 5 materias en promedio), para no llevármela fácil con menos.


Al ser mi primer semestre, tuve que meter 3 materias en las cuales el promedio no importaba, pues según el programa, la calificación era AC para acreditado y NA para no acreditado... "Papita" si pensábamos en esas tres asignaturas, pues podía sacar 80 y no ver en peligro mi beca, aunque eso implicaba que tenía que sacar 90 entre solo dos materias... Ay nanita.

Uno de los cursos AC/NA era álgebra, la pesadilla de todo aquel que entraba a estudiar cualquier carrera de Humanidades, otra era dibujo básico, que se veía en el papel como un día de campo para cualquier aspirante a diseñador gráfico.

Oh, qué diferente fue en la realidad. Primer parcial: 70... Reprobado. ¡¿En dibujo básico?!
Lo que creí era un accidente tuvo réplica no solo en el segundo sino también en el tercer parcial: 70 y 70... Reprobado todo el semestre ¡en dibujo básico!


Extraña ironía, en álgebra iba con 100, misma calificación que tenía en otras 2 asignaturas, además de un 97 para completar mi horario.

Después del tercer parcial, mi corazón estaba a punto de reventar pues fue hasta entonces que empecé a vislumbrar la posibilidad real de que me echaran de la Universidad de las Américas por esa materia, en mi primer semestre. Ya entonces sabía que necesitaba un milagro para acreditar una asignatura que solo requería de un maldito 7.5 para olvidarse de él.

Lo extraño es que durante todo el curso traté de que el maestro José Chávez Huacuja me ayudara a encontrar cuál era la falla para corregirla. Varias veces me indicó que íbamos mejorando, pero a la hora de los exámenes departamentales, que calificaban todos los profesores de la carrera de Artes Plásticas, el 70 acababa siempre en mis dibujos.

Aun así conservé la esperanza hasta el último día. Sudé como pocas veces el día del examen final y debí esperar varios días a que publicaran las calificaciones en una vitrina a un lado de la jefatura de la carrera... Ese legendario muro de los lamentos...

Esa mañana del diciembre más frío de mi vida, la imagen del NA junto a mi número de estudiante se clavó como una daga en el centro de mi corazón.

Era oficial: estaba fuera de la Universidad de las Américas Puebla, reprobado en Dibujo Básico, en mi primer semestre... Después de ver una y otra vez la lista como creyendo que por repasarla mil veces las letras iban a cambiarse por AC, entré en una especie de trance y vagué sin rumbo por los pasillos de la Hacienda, pero tuve la fortuna de terminar en el aula de Patricia Ríos-Zertuche, en el segundo piso.

Después de ser la primera persona que se enteraba de mi desgracia, mi profesora de Introducción al Diseño dedicó más de una hora de su tiempo a reconfortarme en ese trágico instante y a tratar de hacerme entender que no era el fin del mundo, aunque creo que no tuvo mucho éxito... En efecto, era el fin de mi mundo. Cuando bajé las escaleras dispuesto a partir, la realidad me golpeó con toda su fuerza. Mi vida estaba arruinada, había perdido la Beca Excelencia Jenkins, tendría que dejar la Universidad de mis sueños... y lo peor es que no sabía por qué...

Al cruzar el segundo patio de la Hacienda, esa pregunta retumbaba en mi mente una y otra vez "¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?" Eran alrededor de las cuatro de la tarde y ya no había un alma en el lugar, pero en ese momento, apareció por el pasillo José Lazcarro Toquero, a quien conocimos en varias de las visitas que había hecho a nuestro salón de clases, presentado como el nuevo jefe del Departamento de Artes Plásticas a partir de ese semestre. Lo saludé, me saludó, pasamos de largo...

Me detuve en seco y pensé que justo era él quien podía responder la pregunta que retumbaba en mi mente y desgarraba mi alma... ¿por qué me voy de la Uni, qué tienen de malo mis dibujos?
 

Lo alcancé en su oficina con la firme convicción de que si iba a irme para siempre de la Universidad de las Américas Puebla, al menos me iría sabiendo por qué.

Le platiqué mi caso como si fuera el de cualquier estudiante y el profe, siempre con una maravillosa sonrisa en su rostro, le dio claridad a la situación: Yo era uno de muchos reprobados de mi grupo, el cual había salido muy por abajo del promedio de todos los que hicieron la materia durante el semestre. Había un patrón que el profe se explicaba de una manera muy sencilla; justo ese semestre, el maestro Chávez Huacuja había sido relevado de la jefatura del Departamento de Artes Plásticas y justo ese semestre se había introducido el sistema de evaluación departamental, en el que había un criterio uniforme de enseñanza para todos los grupos. Chávez Huacuja no había tomado muy a bien el cambio y no había respetado los parámetros del departamento. Impartió la clase a su modo y la consecuencia es que más de 10 alumnos estaban reprobados.

Entonces Pepe Lazcarro me dijo que no me preocupara, que iban a tener especial atención en los muchachos que repetirían el curso en el siguiente semestre para regularizarlos lo antes posible.
En ese momento mis ojos se nublaron y como que sentí que las piernas se me iban a doblar ante de decir "No habrá próximo semestre para mí, profe".

Ante la cara que puso el profe tuve que soltarme a platicarle mi historia a sabiendas de que era como narrar mi propia muerte por segunda vez en la misma tarde. Al terminar, ya destrozado por dentro y creo que también por fuera, tomé mis cosas para darle las gracias al maestro y partir finalmente, pero antes de dejar que me ahogara en mi agonía, Pepe Lazcarro me salvó la vida:

–"¿Por qué no pides una revisión de examen?"
–"¿Revisión de qué..?"
 –"Haz la solicitud en tu departamento académico, trae todos tus dibujos y se hace una junta con todos los profesores del departamento para reevaluar con el contexto que te acabo de explicar y si tu trabajo tiene cosas buenas, podría cambiar la calificación. El veredicto estaría en los primeros días del próximo año".

Días después mis dibujos estaban en la oficina de Pepe Lazcarro.
Aquella fue la peor Navidad de mi vida, inmerso en la incertidumbre, sin saber qué sería de mi vida al siguiente año... Más de una noche me dormí después de llorar largo y tendido.

El primer lunes laboral de enero yo era el primero que había entrado al cubículo de Mary González de Cosío, quien como jefa del departamento de mi carrera, era la encargada de darme a conocer el resultado de la revisión. No recuerdo si a mí se me hizo temprano o a ella tarde, lo cierto es que pasé más o menos 45 minutos sentado en una silla esperando, sin saber qué sentir, sin saber si podía seguir llamando a la UDLAP mi escuela o no.

Mary González llegó y tras pedirme que esperara un poco más, entró a su oficina y cerró la puerta.
No pude leer nada entre líneas, mi corazón latía a toda velocidad, mi vida estaba en la cuerda floja.

Y entonces entró Pepe Lazcarro, con esa gran sonrisa que siempre lo acompañaba. Alegre y dicharachero, me preguntó cómo había pasado el fin de año y tras mi escueta respuesta, comenzó a platicarme de los planes que tenían en la carrera para inicio de año y lo entusiasmado que estaba de recibir a los nuevos estudiantes. Mientras él se servía agua de un garrafón, mi alma se desangraba ante la incertidumbre.

Habría roto en llanto, aunque ya no me quedaban lágrimas, pero el maestro no me dio tiempo... "Ahhhh, y por cierto, tu problema ya se solucionó, nos vemos por aquí para el inicio de clases.", me dijo mientras le daba el primer sorbo a su taza.

Nunca todo ese primer semestre había salido sonriendo de la Uni, pero esa mañana me fui cantando de mi escuela, de la Universidad de mis sueños, de la que estuve a punto de irme con el corazón destrozado de no haberme empeñado en saber por qué.

Aquel semestre se encadenaron una serie de hechos singulares e irrepetibles que se ataron unos con otros para cargarse mi carrera profesional como ofrenda; lo cual afortunadamente no ocurrió porque aquel diciembre, justo a tiempo, José Lazcarro salvó una vida al conducirme por la ruta para cambiar algo que parecía no tener remedio. Aunque eso no fue todo, porque en enero la salvó de manera definitiva, pues él fue mi profesor de Dibujo 1, materia a la que llegué con 70 y en la que ahora debía sacar mínimo 90. Su guía, su paciencia y su comprensión me llevaron a que mi primer parcial fuera un 80... El 80 más valioso de mi vida... Un 80 que me llevé a un rincón de la Hacienda, adonde lo festejé con lágrimas... Al fin había aprobado un examen de dibujo y lo había hecho gracias a Pepe Lazcarro.

A partir de ahí ya dependía de mí y no iba a fallar... en el tercer parcial llegó el primer 100 y ese número no abandonaría ninguno de mis exámenes en Dibujo 2, 3 y 4... 

El resto es historia.
 

11.27.2018

El Grito en el Papel

Se recomienda leer esta historia al son de Red River Rock de Johnny and The Hurricanes 

PRELUDIO: 'EL CHICO INVISIBLE'

Después de derramar 600 litros de baba mientras volteaba desde mi lugar en el 5º “F” hacia los salones de lámina, tenía más que claro que debía hacer algo antes de arruinar mis glándulas salivales y, de paso, mi pobre corazoncito, que latía a mil por hora cada que ella salía de su aula para iluminar los patios del U-2.

Lo que no tenía claro era cómo diablos iba a hacerlo: mi legendaria "cobardez" (llamada timidez en términos más amables), hacía que un acercamiento directo fuera harto más que imposible... Por ello, lo mejor que podía pasar por mi mente era el plan de caminar cerca de ella, procurar que se diera cuenta de mi existencia y dejar que la vida hiciera el resto.

Sin embargo, mi plan no contó con el apoyo del destino. Cuantas veces lo intenté aquella mañana de miércoles, ella estaba de espaldas, o si quedaba de frente, alguno de sus compañeritos de clase se paraba justo enfrente para que ella no pudiera verme.

Después, la cosa se puso peor: cuando yo tenía tiempo de salir al patio tras alguna clase, ella estaba dentro de su salón y cuando era ella quien tenía libertad, yo estaba enclaustrado en alguna aburridísima lección de lo que fuera.

Pero aún no ocurría lo más, más horrible, porque eso fue cuando al fin se dio el momento de que pasé frente a ella y nada se interponía en nuestros caminos. En ese instante, me di cuenta de que por algún hechizo extraño, era yo transparente, porque su mirada pasaba casi a través mío, dejándome en claro que era yo "El Chico Invisible".

Pese a esto, no me di por vencido; mi precepto estaba en pie y seguí a mi modo con mi pequeña lucha. 

Tuvieron que pasar 5 días para que "El Chico Invisible" se volviera visible.

El lunes siguiente ella ya sabía de mi existencia, o al menos eso quería yo pensar. La primera vez que contestó la mirada fue como si me hubieran puesto un grillete, pues me dio taaaanto miedo ir a buscarla que bien que me habría merecido uno de verdad con todo y sentencia perpetua, por cobarde.

SUFRIR Y LOGRAR

Una semana después de la "aparición" del "Chico Invisible", algo me dijo que las cosas tenían que cambiar.

Convencido de que no sería capaz de decirle "Hola" frente a frente a "La Chica del Chaleco" sin que me reventara alguna vena de la cabeza, en algún momento de la jornada escolar se me ocurrió escribir la palabra que rompería el encanto en una hoja de papel tamaño carta y aspirar a hallar la oportunidad de mostrársela en el patio de la escuela, aunque fuera de lejitos.

El plan, a mi modo de ver, era muy bueno, excepto que las dos chances que tuve para hacerlo realidad vinieron acompañadas de un engarrotamiento general de mis brazos, que hicieron imposible que la hoja saliera de mi carpeta.

Sin embargo, la mañana del miércoles, al entrar a la escuela, en el ambiente se respiraba que las cosas cambiarían y aunque no dejé de sentirme nervioso desde las 6:50 AM, yo tenía un plan y no podía fallar: la esperé justo en la entrada de la escuela, ahí paradito, con mi carpeta lista para dejar salir esa hoja con el anhelado primer "Hola" de nuestras vidas. 

Todo habría funcionado perfecto de no ser porque aquella mañana ella llegó acompañada de un "piojoso" que resultó el "padrino" de la patética escena: ella pasa de largo sin voltear, yo soy incapaz de mostrar mi mensaje, y dos minutos después quedo solo en la entrada de la escuela, con mi carpeta cerrada, los brazos caídos y mi ánimo unos metros más abajo...
Luego, la rutina de quinto semestre de bachiller amenazó con destruir la poca moral que me quedaba. Armando y Alejandra me presionaban con la grabación del trabajo de antropología, el resto del grupo con sus manuales de orientación y yo solo podía pensar en la hoja adentro de mi carpeta...

Cuando al fin pude salir del aula, solo fue para que se repitiera la puesta en escena de los días anteriores con ella metida en su salón junto a sus amigas y yo buscando un rinconcito donde colocarme que me permitiera ver hacia adentro del cuarto de metal...

Entonces sentí como que todo mundo se había dado cuenta de lo que estaba haciendo y me miraba con ojos inquisidores. A dos segundos de colapsar, llegó al fin ese momento que había cazado toda la mañana: ella salió de su aula y luego de un movimiento magistral al darle la vuelta a los salones de lámina, quedé en posición de topármela de frente con solo dar la vuelta a la esquina del edificio provisional... Todo parecía perfecto, excepto porque mis piernas no se movieron, paralizadas por el miedo y cuando pude dar un paso, ella ya estaba de vuelta en su pupitre.

Además de "invisible", era imbécil… 

El reloj marcaba las 12:00 horas y parecía que con la mañana se me iba la chance de romper con el hechizo... Por supuesto, mi cabeza daba vueltas, fue como una mezcla de coraje, tristeza y decepción. A lo lejos, el Contador Público Vargas me condenaba a volver al salón a pagar la penitencia de soportar su soporífera clase como un castigo por mi falta de valor.

Amagué con escapar de la escuela, pero mi "yo responsable", el de los 10s en la boleta, se apoderó de la ocasión y unos minutos después, ya estaba en el aula incluso con un compromiso para ir a hacer un trabajo de antropología al museo, después de la escuela. Oficial: mi vida estaba arruinada.

Mientras esperaba a que se consumara otro día deprimente, le di la vuelta a la hoja donde había escrito "Hola" para saludar a "La Chica del Chaleco" y empecé a dibujar un "Bye", como para burlarme de mí mismo y de mi incapacidad para mostrarle el letrero en las casi 5 horas que había tenido para hacerlo y en las cuales, ese día de septiembre, sí hubo oportunidades.

Resignado, cuando acabó la clase de Contabilidad, me puse de acuerdo con mis compañeros de Antropología para lanzarnos a hacer los trabajos a los museos de la zona de Los Fuertes.

Tal vez eso me serviría para distraer mi atormentada mente de las cosas realmente importantes. Sin embargo, uno de los miembros del equipo se había ido de pinta de Conta y no aparecía por ningún lado, lo cual nos hizo pegar un coraje extra y tomar la determinación de mandar todo por un tubo y largarnos a nuestros respectivos hogares, lo cual, a mí, me aterró... La sola idea de llegar a casa y enfrentarme a mi nuevo fracaso de ese día me hacía preferir tirarme a la Federal a Atlixco y esperar a que un camión me hiciera papi… Y entonces sucedió...

“La Chica del Chaleco” y sus amigas iban en dirección a la salida de la escuela. Ese era el momento, mi momento. Era ahora o nunca y así lo entendí.  

Comencé a caminar detrás de ellas con la gran interrogante de ¿qué debía hacer? No pude darme chance siquiera de armar un plan: debía seguirla, pero no emparejarme a su paso y mucho menos rebasarla, eso fue lo mejor que se me ocurrió...

Lo que siguió fueron calles de angustia.

Íbamos casi a la par, pero sus amigas no la dejaban tener vía libre para verme; justo atrás suyo iban tres monos siguiéndolas y para colmo, el hermano de Luis Malajevich venía pisándome los talones. Consecuencia lógica, mi frente estaba empapada de sudor seco... de nervios, de miedo...

Como no podía pensar, pues ni cuenta me di cuando me le emparejé y menos cuando la rebasé, ella de un lado del Paseo Vista Hermosa Norte y yo en la acera de enfrente...

Cuando pude reparar, ya le sacaba dos calles y en el instante en que llegué a la esquina con la Calle 10 me detuve decidido a todo… Sin embargo, justo al voltear hacia atrás y al verla venir a lo lejos, me di cuenta de que en realidad aún no estaba decidido a todo, por lo que caminé hacia la salida de Vista Hermosa, con la obligación de jugarme ahí mi última carta.

El momento de máxima tensión había llegado… Cuando ella se acercaba, yo sabía que debía hacer un movimiento magistral y ¡vaya si lo hice! Me tropecé al bajar la banqueta y mi portafolios salió volando hacia el pasto dejando caer todo su contenido… El séquito de niñas pasó caminando junto a mí mientras yo trataba de salvar mi dignidad levantando mis cosas lo más rápido posible.

Pero mi debacle fue más veloz: primero porque no atinaba a recoger las monedas sin volverlas a tirar y segundo porque justo cuando me levanté, fui alcanzado por Rubén Malajevich… A lo lejos vi que “La Chica del Chaleco” y sus amigas se detuvieron en la esquina de la Calle 8, pero cuando di dos pasos sentí cómo Rubén empezaba a caminar junto a mí. Ahí se derrumbó todo. 

Sabía  que mi tarde terminaría en otra de esas pláticas con Rubén sobre las materias nuevas, los trabajos difíciles y los… ¡Milagro! En ese instante Malajevich le hizo la parada a un microbús y únicamente me sonrió antes de treparse al transporte y dejarme solo ante mi destino.

Caminé hasta la esquina y me detuve a unos metros. Éramos ella y yo… además de sus amigas y un pánico de dimensiones colosales.

La carpeta con mi letrero estaba en mi mano y de milagro no se resbaló por el sudor que inundaba cada poro de mi diminuta humanidad. Llegó un instante en el que ya ni parpadear era opción. Estaba petrificado.

Pero en el instante en que el sol se ocultó detrás de una gran nube sucedió al fin: caminé un poco, me puse casi frente a ella, llamé su atención con mis brazos y en el momento en que ella volteó, emergió de mi carpeta el letrero que había hecho en la clase de Conta con un sencillo “Bye” escrito en él.

El premio a todo el drama de esos días fue un tesoro que guardaría toda mi vida: esa sonrisa tras ver mi mensaje fue suficiente para que yo me descongelara, contestara agradeciendo con la cabeza y me diera la media vuelta para partir con esa extraña felicidad que te da cumplir un pequeño sueño.

Por supuesto, no tuve valor de voltear para atrás… Pero no hacía falta. La felicidad que me inundaba era suficiente.

Cuando tomé el CREE-Madero de vuelta a casa, 10,000 millones de ideas esperanzadoras cruzaban la mente de un chico de 17 años que pasó de ser invisible a enviar una palabra que le llenó de ilusión la vida.



11.14.2018

10 rolas que me hacen sonreír aunque no quiera

Hay veces que puedes estar tan jodidamente jodido que ni el sol te calienta, pero entonces, a lo lejos suena esa canción, esa rola que te levanta el ánimo no importa cuán hundido estés.
Esa es la magia de la música y algunas rolas tienen una dosis mayor e inigualable de ese hechizo que te puede propulsar aunque no puedas sostenerte y, en el mejor de los casos, hasta terminará haciéndote bailar.
A lo largo de mi vida he pasado por momentos cañones y más de una vez una de estas 10 heroinas salieron en mi rescate.
Estas 10 piezas musicales son parte irremplazable del soundtrack de mi vida.

10 Goodbye
Mary Hopkin (1969)
Una canción que acompañó las múltiples veces que en el camino debí entender que en el dolor de decir adiós está la semilla de algo bueno en el porvenir... Más de una hice el zapateadito con sus notas sobre el agua encharcada.
https://youtu.be/0euTSZVkJGQ




9 I'll be Back Upon My Feet
The Monkees (1968)
Un himno de optimismo, de salir adelante, de cantarle al futuro sin guardarle rencor al presente y al pasado. Esta canción ciertamente me acompañó en algunos de los pasajes más difíciles de mi vida y entre los dos, regresamos de pie.
https://www.youtube.com/watch?v=WttaRER4V50



8 Just a Ride
Jem (2003)
Esta canción llegó a mi vida en un gran momento en el que empecé a entender que lo chido no es llegar a un lugar en el intangible futuro, sino disfrutar el camino en el omnipresente presente. La canta Jem, es una gema.  
https://youtu.be/vPeY7Mq3hC0


7 I Gotta Feeling
The Black Eyed Peas (2009)
Esta canción no necesita explicación: te hace bailar, te hace cantar, te hace sonreír. Es un himno al optimismo, no me importa cómo lo conceptualices.
https://youtu.be/uSD4vsh1zDA


6 She's a Rainbow
The Rolling Stones (1967)
Desde su inicio con esas hermosas notas de piano hasta su final, esta rola me hace flotar por los aires armado con una gran sonrisa, su ritmo es alegre y a la vez enternecedor; para mí es un himno al amor más puro que pueda haber sobre este planeta.

Por cierto, esta es la canción de mi sobrina Natalia.
https://youtu.be/6c1BThu95d8




5 Palisades Park
Freddie Cannon (1962)
Escúchala y te sentirás como un niño en la montaña rusa (tiene algunos efectos reales del parque en el interludio), cierra los ojos y tal vez vueles en el tiempo, levantes los brazos y corra por tu espina ese deseo de bailar al ritmo de ese tiempo que muchos no vivimos, pero que recorre nuestro torrente sanguíneo gracias a la magia de la música. 
https://youtu.be/dkNVwV5zquM


4 Ray of Light 
Madonna (1998)
Esta rola, no me pesa confesarlo, me movió el piso cuando vio la luz. En una época de confusión, de tristeza y zozobra, sentado en una banqueta sin ganas de mover un dedo, su ritmo me hizo primero mover el pie, luego la pierna completa y segundos después bailar sin razón alguna, viendo al cielo y pensando que era mejor estar así que sentado en la banqueta. Literalmente, Madonna le regaló un "rayo de luz" a mi existencia con esta pieza. 
https://youtu.be/x3ov9USxVxY


3 Just My Imagination
The Cranberries (1999)
Nostalgia y esperanza al mismo tiempo, una mezcla de instantes que por definición tal vez no podrían mezclarse pero que The Cranberries lograron amalgamar. Con esta rola se puede bailar y llorar al mismo tiempo, esa es su magia, la de pensar en algo que se fue, que tal vez nunca estuvo, pero que puede volver... por primera vez.  
https://youtu.be/SHoHIL2ABVQ


2 Linus and Lucy
Vince Guaraldi Tri (1965)
Algo en mi subconsciente me dice que esta canción llegó a mi vida en algún momento de mis primeros días de existencia, cuando me sentía seguro, y nunca más se fue. No sé si te pasa que escuchas una canción que "no corresponde a tus tiempos" pero al hacerlo un pequeño escalofrío recorre tu médula mientras en tu cara se dibuja una inexplicable sonrisa. Esta canción hace eso en mí sin importar de qué humor esté cuando la escuche. El piano de Vince Guaraldi es una auténtica máquina del tiempo que me lleva a... no sé dónde, pero me gusta. 
https://youtu.be/_R33-QzpJIg


1 A Matter of Trust
Billy Joel (1986)
Beyond explanation... Trust me.

https://youtu.be/6yYchgX1fMw





10.31.2017

¡Corazones a la Carga!




Recomiendo poderosamente leer la siguiente historia al son de Brown Eyed Girl, de Van Morrison.

La vi por primera vez la tarde del jueves 6 de septiembre cuando acepté prestarme a la pantomima de la novatada.

Mi misión era ir a los salones de los primeros semestres a engañar a los chicos para que permanecieran en sus aulas en el momento preciso para ser emboscados por los gandayas de quinto y tercero.



Cuando entré con desánimo a ese cuarto de lámina solo vi a un montón de chicuelos de primer semestre; pero apenas me planté al frente del grupo, todos ellos desaparecieron... menos ella. Sentada en una esquina, brillando como una constelación completa, su imagen provocó que mi mandíbula se fuera al piso y que mi corazón empezara a latir a un ritmo que hacía meses no experimentaba.


No recuerdo ni cómo terminé mi discurso porque desde el momento en que la vi no había más nadie en su salón, ni en la escuela, ni en la ciudad, ni en el universo. Solo sé que cuando salí del aula de hojalata, llegué a pensar que todo había sido una visión… 

Desafortunadamente, los siguientes días se encargaron de reforzar la idea de que todo había sido una visión: no la volví a ver y para el siguiente miércoles mi mente estaba al borde del colapso, inundada por una colección de problemas que se me vinieron encima. Viloria y Gabriela, Viloria y Malajevich, Viloria y sus amigas de Tercero “C”, Viloria y “Concha”, Viloria y Consuelo… ¡Aaaaaaaargh!


Pero en ese coctel de líos, mi visión de la semana anterior ya tenía un nombre: la bauticé como “La Chica del Chaleco” y todos los días había pasado un rato considerable dirigiendo mi vista hacia la puerta de su salón de manera infructuosa esperando algo que parecía imposible conforme las hojas del calendario empezaron a caer.

Y entonces, una tarde, sin advertencia alguna para mi maltratado corazón, la puerta del salón de lámina se abrió "de par en par" para dejarla salir.


Su cabello castaño claro, su complexión menudita, su chalequito gris, sus ojos, su forma de caminar y, por sobre todas las cosas, su increíble sonrisa, me dejaron claro que esa visión que había revoloteado por mi mente durante una semana no era obra de mi imaginación… Ahí estaba, caminando por los mismos pasillos por los que yo solía arrastrar mis pasos.

En ese instante todos los problemas que habitaban en el salón de Quinto “F” y que me tenían al borde de lanzarme al Río Atoyac, se hicieron pequeñitos, y la “Chica del Chaleco”, sin saberlo, me acababa de salvar, porque a partir de ese instante mi vida dio un vuelco y recobró el sentido.

De pronto, dejó de pesarme la tragedia del verano anterior y, más importante, entré en conciencia de que debía aprovechar la experiencia del Lunes de Desquite para nunca más volver a “morirme de nada”. Esa tarde de septiembre, cuando vi que mi visión no era tal, sino que era una hermosa niña con un chaleco gris, una blusa blanca abotonada hasta arriba y una sonrisa de fábula, decidí que no me iba a quedar solo viendo.

Si ella ya tenía novio, si era sangrona, vanidosa o si pertenecía a una secta satánica, yo estaba dispuesto a correr el riesgo de que el tiempo me diera otra bofetada, pero a lo que no estaba dispuesto era a no intentarlo…

12.17.2016

Sociedad en Autobús


Se recomienda leer la siguiente historia al son de Dancing With Myself de Billy Idol

En los albores de la historia había solo cuatro formas de llegar al plantel U-2 del Colegio de Bachilleres desde el mundo civilizado:

1. Caminar. Algo descartado por todos, pues requería al menos 4 días hacerlo desde el centro de la ciudad hasta la plancha principal de nuestro nuevo plantel.

2. El “Atlixco-Atlixco”. Como su apelativo dice, iba en dirección a ese poblado a unos 50 minutos de la ciudad. Iniciaba su viaje en la Central de Autobuses de Puebla y solía ser el medio menos utilizado porque su ruta no era de mucha ayuda para la mayoría de los alumnos de ese entonces.

3. La Ruta 29. Socorrida por todos los que iban desde el centro o que hacían escala ahí para llegar a la escuela. En aquellos ayeres eran combis terriblemente incómodas usualmente pobladas por los pobres que vivían al norte de la ciudad y a quienes les había quedado más lejos el Bachiller.

4. El CREE-Madero. Camión que venía desde el reclusorio, ubicado en el extremo sureste de la ciudad y hacía una ruta periférica por el sur de la ciudad, dándole chance a los que vivían de ese lado de librarse de ir hasta el centro para luego desplazarse otra vez al extremo inferior del mapa, como solía suceder en la prehistoria.

No sé si algo parecido sucedió en algún momento con las opciones 1 a la 3, pero la 4 se convirtió con el paso de las semanas en una impresionante metáfora de la vida en la escuela, pero en movimiento.

Era como si treparse al camión te condenara a entrar a una recreación del plantel pero encerrado en unos cuantos metros cuadrados, conducidos en el mejor de los casos a la velocidad permitida.

Aquella tarde caminé más de la cuenta al salir de la escuela… Quería olvidar todo el asunto de las insinuaciones de "mi mejor amigo" con la Niña del Tercero C mientras jugábamos voleibol y por eso me fui por la rivera del río Atoyac sin importarme la leyenda que había nacido sobre una jauría de perros salvajes que devoraban bachilleres y tiraban sus restos a las aguas negras.

Cuando llegué al Circuito Interior, ni perros ni olvido, pero al menos estaba vivo. Las patas me dieron para llegar a Plaza Exprés y ahí claudiqué en mi idea de caminar hasta Plaza Cristal, donde debía tomar mi segundo autobús de vuelta a casa.

Entonces le hice la parada al CREE-Madero y el shock de volver a la escuela en un abrir y cerrar de ojos me hizo dar un paso hacia atrás.

"La Sociedad del U-2 sobre Ruedas" me recibía con los brazos abiertos en uno de mis momentos de mayor ofuscación desde que habíamos estrenado el plantel unas semanas atrás.

La primera e inevitable escala la conformaban Patrick, Armas y "Chinto", correligionarios míos en el Quinto "F" y quienes iban muertos de risa justo a la mitad del autobús echando desmadre como solían hacerlo... Como no podía pasarme por debajo de los asientos, pues me resigné a ser víctima de alguna de las bromas de Armas al tratar de pasar.

El autobús iba muy lleno y el "hacer espacio" para los demás fue mi estratagema para moverme poco a poco y ponerme a salvo de mis compañeros lo antes posible.

Sin embargo, apenas avancé unos centímetros y fui recibido por Gallardo, otro de mis compañeros de grupo, que solía hacer preguntas existenciales que desafiaban el entendimiento del más elevado de los filósofos bachilleres... Después de la segunda, me pregunté si no habría sido mejor opción quedarme a ser víctima de Armas metros atrás.

Traté de zafarme de la situación y di un pasito hacia un costado y ahí sí que me di un manotazo en la frente, porque quedé ¡justo enfrente de Gabriela!, como si algún astro con muy poca madre hubiera hecho magia para que, luego del chasco en el juego de voleibol, sus horarios coincidieran con los míos, con mi caminata por el río y todo para que nos topáramos de nueva cuenta en el "Madero". Por supuesto, al verme se activó su pose de dignidad e indiferencia a la que ya estaba tan acostumbrado. 

Luego de pensar en aventarme por una de las ventanas del camión, que en aquellos días aún servían, preferí solamente pararme justo atrás de ella para no tener chance alguno de que entrara en mi campo visual.

Justo acababa de hacer mi maniobra cuando levanté la vista y como una aparición, en mis narices apareció ¡Concha!...

Como si fuera una peli en formato Beta regresándose, me pareció ver en ese instante miles de las imágenes que se formaron en mi cabeza desde la última vez que había coincidido con la ex amiga, ex novia o ex algo de "mi mejor amigo" y todas eran desagradables, pues a mi entender por lo que me contaron, esa chica del U-14 de La Margarita había maltratado a Viloria de todas las formas posibles en los meses anteriores.


Mi cabeza ya estaba hecha un revoltijo antes de siquiera preguntarme ¿qué rayos hacía Concha en el "Madero" si hacía meses que había "terminado" con Viloria? ¿qué hacía sola en el camión, y qué hacía justo a un lado de Gabriela?

Pese a que la idea de hacer un "movimiento raro" revoloteó adentro de mi cráneo unos segundos, dejé que mi naturaleza se impusiera y mejor me fui para atrás del autobús.

Pero unas calles adelante, Concha se levantó de su lugar y tomó hacia la bajada del "Madero", tocó el timbre y cuando el vehículo se detenía en la 11 Sur, ella se estiró, jaló de mi camisa y al momento de tomar las escaleras me saludó...

Por supuesto, yo ni siquiera alcancé a reaccionar. No recuerdo si al menos tuve la cortesía de devolverle el saludo, no recuerdo si para ese entonces ya se habían bajado mis compañeros de grupo o si el precio del petróleo se había estabilizado en los mercados emergentes. La verdad es que estaba en shock y solo cuando el camión llegó a la 9 Sur caí un poco en cuenta de que todo lo que pensaba y sabía de Concha era por lo que me había contado “mi mejor amigo”, el mismo que minutos antes y desafiando los estándares adolescentes de la lealtad había hecho ese "movimiento raro" con la Niña del Tercero C... Quien a propósito, cuando el "Madero" llegó a la 5 Sur, prefirió recorrerlo todo para bajar por la puerta de enfrente con tal de no pasar junto a mí...



8.22.2016

El Juego de 'Voli'


Cuando eres adolescente, un juego de voleibol puede ser como la más importante cena de negocios o como la más filosófica conversación entre adultos.

En el otoño de 1990, formar una circunferencia en el patio central del colegio y pasar el balón de un lado a otro no era una manera más de matar el tiempo o de mantenerse en forma, no señor.

Jugar “voli” en el segundo semestre de vida del U-2 era un ejercicio de la vida en sociedad, tal y como la hacían (y la siguen haciendo) los adultos.


Entrar a esa dinámica era aceptar ser parte de una metáfora de la vida misma: llena de indirectas, de insinuaciones y de dobles mensajes; nada era claro ni directo. Desde el momento de formar la rueda las cartas se tiraban: si eras el último en ser invitado, estabas a nada de ser una paria social y a veces era mejor que ni te dijeran a ser el último en ser convidado.

Por supuesto, era peor que ni siquiera te invitaran a jugar.

Pero ya dentro de esa parodia de la sociedad, la mandadera de mensajes “ocultos” se ponían a la orden del día: el elemental era que alguien no te pasara la pelota, inconfundible señal de que no le caes, de que te odia, de que quisiera verte muerto o al menos muy enfermo. Y si los interfectos eran un chico y una chica, bueno, las dimensiones del drama se multiplicaban.

Más de uno vio su corazón al menos fracturarse jugando “voli” en la plancha principal del U-2 aquel semestre. Y es que no era normal ver cómo la chica de tus sueños le pasaba la pelota a todos menos a ti. Al inicio podía ser una coincidencia, pero luego de 15 minutos de no contar ni una picada o una voleadita al menos, resultaba evidente que no era una buena señal.

Pero había también espacio para lo contrario: esas bellas escenas cuando la niña que te gustaba te pasaba la pelota, siempre con la intención de que pudieras lucirte a la hora de hacer tu propio pase, remate o clavada. A veces, presa de los nervios, la chica pasaba mal la pelota y el receptor hacía todo lo posible para rescatar la jugada y que no quedara mal ninguno de los dos. Cuando lo lograba era como una comunión en el paraíso. Ambos se quedaban viendo y “las chocaban” con su imaginación. Cuando no, el que daba mal el pase se sonrojaba al extremo con la falla, y al doble cuando recibía esa mirada que la excusaba del mal pase.

Esos eran los mensajes elementales con final feliz, pero desafortunadamente, también había los oscuros, confusos e indescifrables, como los que me tocaron a mí.

Todo empezó cuando Gabriela entró a la rueda.

La chica ahora de Tercero “C”, la mismita del Terror en el Atlantic Rojo, quien por cierto no conocía a nadie de los que estábamos en el círculo, de pronto ahí estaba.

¿Qué hacía ella ahí, entre todos mis compañeros del quinto “F”, a quienes jamás les había visto cruzar palabra con ella? Si de por sí ya era perturbador que estuviera ahí, su primera acción fue el doble de perturbadora: se acomodó justo a un lado de Viloria ¡Nooo, por favor!

No hubo mirada de “Hola” hacia mi dirección, por supuesto, y yo traté de mantenerme indiferente a la situación. Lo logré con creces… durante 5 segundos.

Fue cuando me vi inmerso en una de las situaciones que les narraba al principio, en la parte triste. Ella no se molestó en mandarme ni un solo balón pese a que estábamos en un ángulo que favorecía hasta por comodidad que conectara la pelota en mi dirección.

Pero si eso ya era para arrojarse al Río Atoyac, lo que siguió de plano sí se voló la barda. De pronto, Gabriela y Viloria empezaron a pasarse la pelota uno al otro en repetidas ocasiones a pesar de que seguían casi juntos en la rueda. 


Durante un par de segundos traté de entender lo que estaba pasando ahí. Quiero decir, él era mi mejor amigo y sabía perfectamente cada detalle de la tragicómica historia que tenía yo con esa niña, quien en algún momento tuvo un sitio especial en mi vitrina de ideales, los cuales fueron hechos añicos por su particular e indescriptible forma de ser, y no obstante, él parecía disfrutar estar pasándose el balón con ella en mis narices.

Por supuesto que entonces nadie me había explicado bien que uno no es el centro del universo y que los demás no giran a nuestro alrededor, y en ese momento lo que yo sentía era más bien que los astros confabulaban en mi contra.

Cuando la palabra “traición” revoloteó por mi cabeza como una de esas asquerosas mariposas negras, entró alguien más al juego: era Zaida, la niña del “D” que había bateado a mi "mejor amigo" casi al mismo tiempo en que Gabriela hizo lo propio con quien redacta estas líneas.

Por supuesto, no podía dejar pasar esa chance... Era hora de combatir fuego contra fuego y así lo hice “¿esto es lo que quieres, amigo? Pues ¡toma, toma y toma!”. Ingenuamente, Zaida se hizo partícipe del juego sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.


Y así se pasaron los siguientes 10 minutos de juego en los que, a pesar de que había 15 chavillos pasando de un lado a otro la pelota, el protagónico se lo llevaron cuatro y, especialmente, dos que nunca hablaron sobre esa tarde y, todo lo contrario, dejaron que los mensajes ocultos del voleibol del Bachillerato se quedaran en esa ruedita y fueran de alguna extraña manera, el prólogo de un conflicto que ya parecía inevitable...