1.02.2017

Las Rutas de la Gloria...











14 de diciembre de 2015...

Quise esperar un poco para que las emociones fluyeran y no reflexionar cuando es imposible hacerlo. 

Después de unas horas, sigo creyendo que, definitivamente, no hay gloria para los vencidos. 

Perder una Final es peor que quedar fuera de la Liguilla, que ser eliminado en Cuartos de Final y que quedarse en la orilla en Semifinales. Solo un perdedor encuentra consuelo en un subcampeonato. Sin embargo, este domingo en Ciudad Universitaria vivimos algo singular, irrepetible y mágico al quedar condenados a ese indeseable segundo lugar.

Nadie que no haya estado ahí desde el inicio del torneo en julio y hasta el último penal en diciembre entenderá las emociones que por nuestros corazones circularon este torneo, en el que nos vimos tocando el cielo con una impresionante racha de triunfos seguidos, otra de no recibir goles en casa, con un inédito liderato, y rozando el infierno al pedir que el árbitro silbara el final de los partidos de Liguilla contra Veracruz en los Cuartos de Final y el odiado América en Semifinales. 

La noche del domingo nadie iba desbordando optimismo, pero ni un alma entró derrotada a la tribuna del Estadio Olímpico Universitario pese a la losa que parecía significar el 3-0 con el que nuestro equipo salió del Estadio Universitario de Monterrey tres días antes. Todos lo anhelábamos, pero nadie se atrevió a decirlo en voz alta por la estatura de la gesta que necesitábamos que ocurriera en el campo.

Hicimos nuestra parte con estar ahí, apoyando a un equipo desahuciado, y ese equipo desahuciado se inyectó de algo que había carecido no esta Liguilla, sino en muchos años: de esa garra irreprochable que era imán hacia aquel puma gigantesco en una playera que hoy lo porta extrañamente escondido entre muchas rayitas. 

Pumas se rajó la madre en el campo y nosotros nos rajamos el corazón en la tribuna. Nunca antes había sonado el "Dale, Pumas, dale, dale, oh" en todo el estadio al mismo tiempo. Este domingo lo hizo y cumplió su cometido.

No se remontó una vez, sino dos, ya sin piernas, ya sin talento, solo con huevos, esos que pidió La Rebel desde El Pebetero, esos que le sobraron a Gerardo Alcoba en la cancha.


Pero una noche épica acabó de la forma más cruel, con un balón que ni siquiera fue a la portería, volado por quien se suponía que no debía fallar en una tanda de penales cobrada muy lejos de donde entregamos los últimos gritos de aliento que nos quedaban. Ese trofeo chiquito y esas medallas de plata no valen nada, porque no hay gloria para los vencidos. 

Sin embargo, la noche del 13 de diciembre de 2015, los locos que creímos que un 3-0 era remontable aprendimos una lección nueva, y es que la grandeza tiene rutas muy extrañas y nosotros circulamos por una que no hizo escala en un campeonato.

¡Goooya!


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