6.02.2017

Lucha de Titanes

Se recomienda leer la siguiente historia al son de Paradise mi Amor




Apenas unos días antes, mi vida preadolescente fue cimbrada cuando la maestra Olga me dijo que yo era el elegido para ir al concurso de matemáticas de Tercero de Secundaria de la zona escolar en la que estaba situada la Técnica 43.

Afortunadamente, la encomienda me permitió excluirme de las miserias sentimentales que marcaban mi mes de febrero en el Tercero “A”. Desafortunadamente, el anuncio de la maestra de matemáticas fue apenas unos días antes del concurso, por lo que cuando este llegó, pensé en cargar conmigo una Biblia en lugar de mi libreta de matemáticas.

Acostumbrado a las excursiones académicas, no vi nada espectacular en el viaje desde los suburbios hasta un lugar que llamaban "Ciudad de los Niños"... Sin embargo, al entrar todo fue espectacularmente diferente para mí…

Ese colegio era de paga, de puros varones y resulta que estaba incorporada al sistema de las escuelas secundarias técnicas, por eso sería la sede de los concursos...

Después vinieron más cosas raras, pues a alguien se le ocurrió que en lugar de manejar nombres, grados y escuelas, nos pondrían una clave para identificarnos… Fue esta quizá la primera vez en mi vida que recibí un “nombre” con numeritos de esos que me lloverían con el paso de los años.


A las 9:30 horas de aquel lunes 22 de febrero, media hora después de haber llegado a La Ciudad de los Niños junto con 4 maestros y 11 de mis compañeros de la 43, me hice a la idea de que a partir de ese momento era yo el EM3 y me formé para una ceremonia de inauguración en la que quedó demostrado que los chicos de esa escuela no estaban acostumbrados, como nosotros que lo hacíamos los lunes y viernes, a estar parados bajo el rayo del sol: más de uno empezó a llorar, víctimas de la insolación por el sol mañanero, pero de pronto, cuando la escolta pasaba por el centro del patio, cayó el primer desmayado y menos de 2 minutos después, el segundo, ninguno con secuelas graves más allá del susto y el bochorno.


A las 10:00 terminó el protocolo y nos fue dada la instrucción de ir finalmente a los salones a concursar. Antes de partir al mío, le deseé suerte a Lupita Montes, quien tomaría parte en el concurso de Español de Tercero, mientras yo llevaba ya la cabeza llena de números cuando entré al aula y de pronto… ¡Ohhh, no!


Lo primerito que vi al ingresar a la sala de las torturas fue a ese personaje cuyo nombre olvidé, aunque su imagen aún está grabada en mi mente: alto, encorvado a sus 14 años, con el cabello cortado como si trajera un casco, lentes de fondo de botella... Mi “coco” en persona estaba ahí otra vez... Proveniente de la todopoderosa Técnica 1, yo le llamaba “El Pitagórico”, era como una máquina de contestar exámenes de matemáticas que ya me había hecho ver mi suerte en concursos anteriores. Creo que nunca hablamos, pero ciertamente que ya nos conocíamos. Al irme para la parte de atrás del salón a ocupar un pupitre, él me miró de reojo e intercambiamos ese “te odio” de mi parte y un “te voy a ganar como siempre” de la suya.


Entrados en materia y tras las correspondientes instrucciones, míster EM3 se puso a contestar su examen de mil hojas… Todo iba bien hasta que llegué a una parte donde de plano dije “¿Qué rayos es esto?” y entonces una imagen de días antes de la maestra Olga preocupada deseando que no incluyeran algo en el concurso llegó a mi mente y ahí entendí que estaba ante algo que no nos había enseñado en nuestras clases de Matemáticas 3 en la 43...


Como no tenía tiempo de lamentarme, pues traté de entender a qué diablos se referían los problemas y contesté los más que pude… El examen era taaaan largo, que en proporción la parte “desconocida” era poca cosa. Acabé finalmente, entregué y me salí del salón una hora y media después de haber entrado.




No empezaba a relajarme cuando fui llamado de vuelta al aula. Debía volver a concursar con otros 3 chavos por el tercer lugar, pues estábamos empatados. Nos pusieron otro examen de menos preguntas y al cabo de un ratillo eliminaron a 2 de ellos y quedamos 2 para voooolver a desempatar.

Fue hasta entonces que giré la cabeza para ver quién era mi rival, lo que él hizo prácticamente al mismo tiempo. Como en película de guerra, en lugar de vernos primero a los ojos, nuestras miradas se fueron directamente al escudo en nuestros suéteres… Ahí me di cuenta que mi enemigo era ¡de la Técnica 25!


INTERLUDIO: La Técnica 25 era la secundaria de la colonia vecina a donde estaba la 43, lo que en cualquier parte del mundo genera una rivalidad natural, alimentada por los constantes duelos académicos, deportivos y extra escuela, pues la enemistad con los de la 25 ya había incluso llegado a la violencia en aquellos tiempos en los que se suponía que la inocencia aún acompañaba nuestras vidas suburbanas.


Inmediatamente, ambos subimos la mirada y con ojos de chinito, nos retamos. Ninguno de los 2 iba a permitir que el otro lo derrotara, esto era algo más que un tercer lugar en un concurso de matemáticas… el honor iba en juego.


Terminamos el tercer examen, lo calificaron los maestros en el escritorio del frente y resultó que ¡seguíamos empatados!

Nos entregaron entonces una hoja con únicamente dos problemas. Los resolvimos, entregamos, volvimos a nuestros lugares e intercambiamos otra vez la mirada de chinito mientras los profes calificaban esta última prueba...

Comenzó a pasar el tiempo de manera dramática sin que los profes se despegaran de nuestras hojas con solo 2 preguntas y al cabo de 5 minutos, mi enemigo de la 25 y yo volvimos a mirarnos, pero ahora el gesto de ambos fue como de “¿por qué tardan tanto?”, luego lo cambiamos por uno de “Ay, qué lentos” y cuando teníamos 9 minutos esperando, nos sonreimos.


Entonces los profes tomaron la palabra y anunciaron que el EM3 había ganado el tercer lugar y nos conminaron a abandonar el aula. Al salir, en lugar de hacer el casi obligado gesto de celebración, lo primero que me nació fue esperar a mi rival de la Técnica 25 y estrechar su mano. Si nuestras escuelas eran rivales y ya habían incluso llegado a la violencia, nosotros haríamos lo contrario.

Acto seguido, alcancé al resto de la comitiva de mi escuela que ya llevaba un ratote esperándome y pues todos me preguntaron que qué había pasado; pocos dieron crédito a la historia que tenía que contarles sobre los desempates interminables.

Minutos después me enteré que “El Pitagórico” había encontrado la horma de su zapato con un chavo de la Técnica 42, con quien hizo tantos exámenes como yo, pero sin encontrar la manera de derrotar a su rival, ante lo cual el jurado declaró un empate en el primer lugar. Eso automáticamente me hacía heredero al segundo sitio, lo cual me llenó de alegría, la cuaaal se desvaneció en la ceremonia de premiación, pues con su sistemita de poner claves en lugar de nombres, los brutos que entregaron las placas de ganadores le dieron la mía a uno de los 2 chavos que salieron eliminados en el primer desempate.


La maestra Olga puso el grito en el cielo, pero cuando los tíos que habían metido la pata le prometieron investigar, los de la Técnica 38 ya habían entendido que no tenían que quedarse y se pelaron con todo y mi placa, la cual, por cierto, jamás recuperamos.


Yo hice mi coraje también antes de partir de La Ciudad de los Niños a las 16:00 horas, pero en aquellos días ganar premios o demostrar que era más que otros niños ya no era parte de mis prioridades, tan que al paso de los años, hasta olvidé el detalle de la placa, pero el apretón de manos con mi riv… con mi colega de la Técnica 25, se quedó para siempre grabado en mi corazón.


1.02.2017

Las Rutas de la Gloria...
















14 de diciembre de 2015...

Quise esperar un poco para que las emociones fluyeran y no reflexionar cuando es imposible hacerlo. 

Después de unas horas, sigo creyendo que, definitivamente, no hay gloria para los vencidos. 

Perder una Final es peor que quedar fuera de la Liguilla, que ser eliminado en Cuartos de Final y que quedarse en la orilla en Semifinales. Solo un perdedor encuentra consuelo en un subcampeonato. Sin embargo, este domingo en Ciudad Universitaria vivimos algo singular, irrepetible y mágico al quedar condenados a ese indeseable segundo lugar.

Nadie que no haya estado ahí desde el inicio del torneo en julio y hasta el último penal en diciembre entenderá las emociones que por nuestros corazones circularon este certamen, en el que nos vimos tocando el cielo con una impresionante racha de triunfos seguidos, otra de no recibir goles en casa, con un inédito liderato, y rozando el infierno al pedir que el árbitro silbara el final de los partidos de Liguilla contra Veracruz en los Cuartos de Final y ante el odiado América en Semifinales. 

La noche del domingo 13 de diciembre de 2015 nadie iba desbordando optimismo, pero ni un alma entró derrotada a la tribuna del Estadio Olímpico Universitario, pese a la losa que parecía significar el 3-0 con el que nuestro equipo salió del Estadio Universitario de Monterrey tres días antes. Todos lo anhelábamos, pero nadie se atrevió a decirlo en voz alta por la estatura de la gesta que necesitábamos que ocurriera en el campo.

Hicimos nuestra parte con estar ahí, apoyando a un equipo desahuciado, y ese equipo desahuciado se inyectó de algo que había carecido no esta Liguilla, sino en muchos años: de esa garra irreprochable que era imán hacia aquel puma gigantesco en una playera que hoy lo porta extrañamente escondido entre muchas rayitas. 

Pumas se rajó la madre en el campo y nosotros nos rajamos el corazón en la tribuna. Nunca antes había sonado el "Dale, Pumas, dale, dale, oh" en todo el estadio al mismo tiempo. Este domingo lo hizo y cumplió su cometido.

No se remontó una vez, sino dos, ya sin piernas, ya sin talento, solo con huevos, esos que pidió La Rebel desde El Pebetero, esos que le sobraron a Gerardo Alcoba en el campo.






















Pero una noche épica acabó de la forma más cruel, con un balón que ni siquiera fue a la portería, volado por quien se suponía que no debía fallar en una tanda de penales cobrada muy lejos de donde entregamos los últimos gritos de aliento que nos quedaban. Ese trofeo chiquito y esas medallas de plata no valen nada, porque no hay gloria para los vencidos. 

Sin embargo, la noche del 13 de diciembre de 2015, los locos que creímos que un 3-0 era remontable aprendimos una lección nueva, y es que la grandeza tiene rutas muy extrañas y nosotros circulamos por una que no hizo escala en un campeonato.

¡Goooya!

12.17.2016

Sociedad en Autobús


Se recomienda leer la siguiente historia al son de Dancing With Myself de Billy Idol

En los albores de la historia había solo cuatro formas de llegar al plantel U-2 del Colegio de Bachilleres desde el mundo civilizado:

1. Caminar. Algo descartado por todos, pues requería al menos 4 días hacerlo desde el centro de la ciudad hasta la plancha principal de nuestro nuevo plantel.

2. El “Atlixco-Atlixco”. Como su apelativo dice, iba en dirección a ese poblado a unos 50 minutos de la ciudad. Iniciaba su viaje en la Central de Autobuses de Puebla y solía ser el medio menos utilizado porque su ruta no era de mucha ayuda para la mayoría de los alumnos de ese entonces.

3. La Ruta 29. Socorrida por todos los que iban desde el centro o que hacían escala ahí para llegar a la escuela. En aquellos ayeres eran combis terriblemente incómodas usualmente pobladas por los pobres que vivían al norte de la ciudad y a quienes les había quedado más lejos el Bachiller.

4. El CREE-Madero. Camión que venía desde el reclusorio, ubicado en el extremo sureste de la ciudad y hacía una ruta periférica por el sur de la ciudad, dándole chance a los que vivían de ese lado de librarse de ir hasta el centro para luego desplazarse otra vez al extremo inferior del mapa, como solía suceder en la prehistoria.

No sé si algo parecido sucedió en algún momento con las opciones 1 a la 3, pero la 4 se convirtió con el paso de las semanas en una impresionante metáfora de la vida en la escuela, pero en movimiento.

Era como si treparse al camión te condenara a entrar a una recreación del plantel pero encerrado en unos cuantos metros cuadrados, conducidos en el mejor de los casos a la velocidad permitida.

Aquella tarde caminé más de la cuenta al salir de la escuela… Quería olvidar todo el asunto de las insinuaciones de "mi mejor amigo" con la Niña del Tercero C mientras jugábamos voleibol y por eso me fui por la rivera del río Atoyac sin importarme la leyenda que había nacido sobre una jauría de perros salvajes que devoraban bachilleres y tiraban sus restos a las aguas negras.

Cuando llegué al Circuito Interior, ni perros ni olvido, pero al menos estaba vivo. Las patas me dieron para llegar a Plaza Exprés y ahí claudiqué en mi idea de caminar hasta Plaza Cristal, donde debía tomar mi segundo autobús de vuelta a casa.

Entonces le hice la parada al CREE-Madero y el shock de volver a la escuela en un abrir y cerrar de ojos me hizo dar un paso hacia atrás.

"La Sociedad del U-2 sobre Ruedas" me recibía con los brazos abiertos en uno de mis momentos de mayor ofuscación desde que habíamos estrenado el plantel unas semanas atrás.

La primera e inevitable escala la conformaban Patrick, Armas y "Chinto", correligionarios míos en el Quinto "F" y quienes iban muertos de risa justo a la mitad del autobús echando desmadre como solían hacerlo... Como no podía pasarme por debajo de los asientos, pues me resigné a ser víctima de alguna de las bromas de Armas al tratar de pasar.

El autobús iba muy lleno y el "hacer espacio" para los demás fue mi estratagema para moverme poco a poco y ponerme a salvo de mis compañeros lo antes posible.

Sin embargo, apenas avancé unos centímetros y fui recibido por Gallardo, otro de mis compañeros de grupo, que solía hacer preguntas existenciales que desafiaban el entendimiento del más elevado de los filósofos bachilleres... Después de la segunda, me pregunté si no habría sido mejor opción quedarme a ser víctima de Armas metros atrás.

Traté de zafarme de la situación y di un pasito hacia un costado y ahí sí que me di un manotazo en la frente, porque quedé ¡justo enfrente de Gabriela!, como si algún astro con muy poca madre hubiera hecho magia para que, luego del chasco en el juego de voleibol, sus horarios coincidieran con los míos, con mi caminata por el río y todo para que nos topáramos de nueva cuenta en el "Madero". Por supuesto, al verme se activó su pose de dignidad e indiferencia a la que ya estaba tan acostumbrado. 

Luego de pensar en aventarme por una de las ventanas del camión, que en aquellos días aún servían, preferí solamente pararme justo atrás de ella para no tener chance alguno de que entrara en mi campo visual.

Justo acababa de hacer mi maniobra cuando levanté la vista y como una aparición, en mis narices apareció ¡Concha!...

Como si fuera una peli en formato Beta regresándose, me pareció ver en ese instante miles de las imágenes que se formaron en mi cabeza desde la última vez que había coincidido con la ex amiga, ex novia o ex algo de "mi mejor amigo" y todas eran desagradables, pues a mi entender por lo que me contaron, esa chica del U-14 de La Margarita había maltratado a Viloria de todas las formas posibles en los meses anteriores.


Mi cabeza ya estaba hecha un revoltijo antes de siquiera preguntarme ¿qué rayos hacía Concha en el "Madero" si hacía meses que había "terminado" con Viloria? ¿qué hacía sola en el camión, y qué hacía justo a un lado de Gabriela?

Pese a que la idea de hacer un "movimiento raro" revoloteó adentro de mi cráneo unos segundos, dejé que mi naturaleza se impusiera y mejor me fui para atrás del autobús.

Pero unas calles adelante, Concha se levantó de su lugar y tomó hacia la bajada del "Madero", tocó el timbre y cuando el vehículo se detenía en la 11 Sur, ella se estiró, jaló de mi camisa y al momento de tomar las escaleras me saludó...

Por supuesto, yo ni siquiera alcancé a reaccionar. No recuerdo si al menos tuve la cortesía de devolverle el saludo, no recuerdo si para ese entonces ya se habían bajado mis compañeros de grupo o si el precio del petróleo se había estabilizado en los mercados emergentes. La verdad es que estaba en shock y solo cuando el camión llegó a la 9 Sur caí un poco en cuenta de que todo lo que pensaba y sabía de Concha era por lo que me había contado “mi mejor amigo”, el mismo que minutos antes y desafiando los estándares adolescentes de la lealtad había hecho ese "movimiento raro" con la Niña del Tercero C... Quien a propósito, cuando el "Madero" llegó a la 5 Sur, prefirió recorrerlo todo para bajar por la puerta de enfrente con tal de no pasar junto a mí...