10.01.2015

Soy un Hombre Casado



Recomiendo leer la siguiente historia mientras eschuchas Right Between the Eyes de WAX

 
En aquella mañana del 17 de marzo, con la primavera a punto de llegar a los suburbios donde hacíamos nuestra vida preadolescente, en puerta estaba quizá la única celebración que nos levantaba alguna expectativa: el Día del Estudiante.

La perfecta fórmula para no hacernos sentir niños y ganar dinero era implementada desde mediados de marzo y hasta finales de abril con la regla de que cada grupo de la Escuela Secundaria Técnica 43 proponía a su candidata para Reina del Estudiante y la ganadora no sería ni la más bonita, ni la más carismática, ni la más lista, sino la que más dinero juntara, claro, para que este acabara en las arcas de la escuela.

De tal suerte, se desataba desde el inicio una lucha encarnizada entre todos los grupos por amasar fortuna de la forma que fuera.

La candidata, regularmente, sí era la más bonita o al menos la más carismática de cada grupo, y ella, junto a su "equipo de campaña" tenían la misión de convencer a los compañeros de otros grupos de participar en las actividades de su candidatura y no en las de las demás niñas.

Las rifas fueron durante un tiempo el método más socorrido, pero pronto se chotearon y nadie se interesaba en entrarles.


Las kermeses matutinas se volvieron opción un rato, pero a nadie le gustaba que su madre estuviera en un puesto de tostadas vendiendo alimentos a sus compañeros de clase.

Las tardeadas, esas sí, resultaron un éxito. Pero esa es harina de otro costal.

Ese martes, el 2o. "A" tenía permiso de la dirección para armar una actividad lucrativa a la hora del receso.

De tal suerte, a las 10:20, a un lado de las escaleras del edificio 2, se instaló un "Registro Civil", cortesía de las niñas del Equipo 5.

La idea, heredada de generaciones anteriores, fue un hitazo.

El asunto consistía en pagar una cantidad, que no recuerdo, por contraer nupcias de manera ficticia, con todo y juez y testigos. 


En un sentido estricto era tirar el dinero a la basura, sin embargo, en la sociedad de segundo de secundaria, salir del Registro Civil con un acta de matrimonio debidamente firmada y validada por las "autoridades" era un voto de amor y confianza para quienes entraban al mismo de manera voluntaria… Pero tenía más valor aún para quienes eran metidos al Registro contra su voluntad… lo cual, por cierto, era más divertido.

Usualmente, los "matrimonios" en los que los "novios" eran llevados a rastras tenían dos lecturas: ambos "querían" pero ninguno de los dos lo aceptaba, lo cual arrojaba hermosas estampas de "resignación" a la hora de firmar el acta. O en el caso que quedaba, uno de los dos estaba enamorado y el otro… no.

Aunque la prioridad eran los clientes de otros grupos de la Secu, era forzoso darnos un espacio para que el "A" tuviera su dotación de casamientos, al fin, teníamos 50 minutotes de receso para consumar las uniones.

Marco Esteban e Ivonne Lorena fueron los primeros en ser capturados y encerrados en el Registro Civil. Él, mi mejor amigo, nunca se caracterizó por ser buen actor. Trató de resistirse, pero no mucho, es más, muy poco… Ella, seria en esencia, no podía esconder su bochorno, pues tenía la cualidad de dejar que sus mejillas la delataran poniéndose coloradas, coloradas, pero con todo, no ofreció mucha resistencia. Primera unión de la mañana consumada.

Siguieron Víctor Hugo el "Capu" y Mónica. Esta vez resultaba evidente que él no estaba interesado y que ella se encontraba feliz con el enlace, pues no ofreció pelea para ser metida al "corralito" formado con bancas y sillas a un lado de la escalera.

Arturo y Ángeles pasaron igual y fue ahí donde en el ambiente empecé a sentir que yo pasaría inadvertido por la chica que me gustaba desde muchos meses atrás y no solo eso, algunos de mis compañeros ya cocinaban casarla con otro niño de mi grupo, quien estaba "apuntado" también ahí.

Esa idea se borró unos minutos de mi mente cuando Johnny se convirtió en la botana del día, pues lo capturamos entre todos y casi pataleando lo metimos al Registro Civil, donde ya lo esperaba Rafaela, su "enamorada" de ese año y a la cual no le tiraba ni un laso. Johnny era el más galán del grupo y Rafaela, bueno, no era su contraparte femenina, aunque era una buena chica.

Esa fue la boda más simpática de la mañana, pues casi le agarraron la mano a nuestro amigo para que firmara mientras que ella estampó su rúbrica en el acta de matrimonio a la primera y hasta resaltadita.

Las carcajadas estaban a todo lo que daban cuando sin agua va, fui capturado a traición por la espalda al mismo tiempo que Salomé, quien no había tomado el asunto del mejor modo...

"Ok, Jair, paga" fue la orden que recibí de la "juez"… Sin embargo, de todos era conocido que mis bolsillos no solían llevar ni la pelusa de la lavadora, por lo que ella vio la esperanza de salvarse dada la falta de recursos económicos del "novio".

Sin embargo, Jacqueline se reveló como la buena samaritana que apoquinó la cuota y la ceremonia siguió su curso. Mientras yo le hacía al tonto forcejeando para no firmar, sin querer vi de reojo a mi "rival" por estar en esa silla y su mirada de odio se grabó en mi retina y retumbó en mi cráneo durante muchas semanas; firmé y ella, más resignada que con gusto, hizo lo propio.

La boda estaba consumada, fuimos declarados entonces marido y mujer.

Aprovechando el gusto que se le veía a la novia tras contraer nupcias, la juez se sacó un as bajo la manga al decir que tenía que besar a mi nueva esposa antes de volver a clases a menos de que pagara 50 pesos de multa. Mi argumento para no casarme era ahora la oportunidad de plantarle un beso a la niña que tenía ahí junto: no tenía un centavo conmigo.

Pero entonces, ella sacó los 50 pesos de su bolsa y pagó la multa. Se levantó al tiempo que sonaba la chicharra para regresar a clases y yo me quedé ahí sentado como menso con una singular sonrisa en la cara.

Lo extraño es que nadie supo, ni con el paso de los meses, dónde terminó "mi" acta de matrimonio.

Yo supongo que esa misma tarde fue convertida en confeti…

6.11.2015

Fin de Semestre

Se recomienda leer el siguiente texto al son de Tonight, de The New Kids on the Block (es lo que sonaba en esos tiempos, perdón)





Entre el 18 y el 20 de junio, el periodo de clases del primer semestre de la historia del Plantel U-2 de San Bernardino Tlaxcalancingo encontró su final y nadie estaba preparado para eso...


Con el corazón hecho trizas por la decepción con la chica del 4º “A”, mi arribo a esta semana que debía ser histórica fue más bien en medio del desencanto y la indiferencia. 

Apenas un par de pelos nos saltaron cuando se corrió el rumor de que con el nuevo plantel se venía una nueva política interna que eliminaba la posibilidad de exentar exámenes finales, por lo que tendría que romper mi muy sana tradición de no presentarlos y ponerme a estudiar como todos mis compañeros. 

Afortunadamente, el rumor se quedó en eso y conforme avanzó la semana, con todo y todo, me eché a la bolsa Matemáticas, Historia, Biolgía y Contabilidad… Todas exentadas y todas con 10 (en algo tenía que irme bien en este tiempo).

Por supuesto, como casi cada año desde que tenía memoria, mis logros académicos poco importaban en mi casa, pues ese año se graduaban mis hermanos de la secundaria, la primaria y el kinder… Yo me iba al segundo plano.

Llegada la tarde del miércoles, ya con esos aires de que no habría más clases a las cuales asistir, me senté en el borde del edificio central, y la brisa veraniega me invitó a abrir un poco mi visión para escapar unos segundos de mi fatalista visión del final de semestre.

Ahí caí en cuenta de la gente a la que iba a dejar de ver muy pronto. A pesar de ser un antisocial empedernido, la vida me dio la chance de hacer amistad con una niña de nombre Ericka, que se graduaba ese semestre, el 90 A, dejándonos huérfanos a quienes disfrutamos de sus puntadas, su casi eterna alegría y sus consejos para sortear el carácter sui generis del profesor de Contabilidad. 

En esos instantes lamenté no haberla tratado más tiempo, porque a pesar de que vivía cerca de mi casa, fue hasta ese semestre, su último en el Bachiller, y con la coincidencia en la Capacitación que tomé, que tuve la fortuna de tratar más con ella y con sus dos grandes amigas:

Ofelia, la “cerebrito” del grupo, tuvo el detallazo de pedirme que le firmara su libreta de dedicatorias y aunque le sufrí, pues apenas nos conocíamos casi casi de vista, no quise dejarle unas líneas que se perdieran en la intrascendencia.

Y Claudia, una chica chaparrita, muy bonita y ciertamente tierna, cuyo único gran defecto era su novio, un tipo como de 7 metros de altura que cada vez que podía me invitaba con la mirada a no ver más de 4 segundos a su chica. 


Mi salida del ostracismo social ese semestre me alcanzó para hacer “migas” en la recta final del periodo con Etelvina San Salvador y María Elena Rodríguez, dos chicas cuyas voces tal vez solo entre ellas las conocían en el salón, pero que ciertamente eran muy buenas personas y me daban buenas razones para platicar durante ratos que otrora habría dedicado a vagar solitariamente por los pasillos del plantel. 

Con Viloria las cosas no mejoraron ni habrían de mejorar. Su entrada al mundo de las parejas felices se cobró como tributo nuestra amistad. Aunque sus historias de amor correspondido con la célebre Concha dejaron de provocarme envidia tan pronto como hice la reflexión obligada de que éramos amigos, la ruta que tomó mi cerebrito de 17 años fue el de la indiferencia. Le deseaba lo mejor, pero no me interesaba saber de los específicos… Vaya egoísmo tan tonto.

Al voltear hacia los lados no podía dejar de dar gracias por no tener que ver más los shows casi tres equis de quien fue mi musa los tres primeros semestres del Bachiller en el Mausoleo, "DL" y cuya historia tal vez algún día cuente. Sin temor al pudor de los chilpayates de segundo semestre, ella y el “Chango Piojoso” intercambiaban saliva por cuanto sitio podían en el plantel. 

Y aunque eran mis cuates, cuando pensé que pasaría un par de meses sin aguantar los chistes pesados de Luis Malajevich y los constantes recordatorios de que yo era pobre del buen Alberto Báez, no sentí un ápice de nostalgia. 


El Mundial de Italia 90 fue como nuestro chambelán de lujo en las postrimerías de nuestro curso escolar. Nota aparte merecía Armando Vázquez, poseedor de una de esas televisiones pequeñas color gris que lo volvieron uno de los personajes más populares del plantel, pues iba de salón en salón dándole la oportunidad a los mortales de ver un partido de la Copa del Mundo en la mismísima aula. 

Desafortunadamente, el Mundial estaba resultando taaaan malo que conforme fue avanzando era menos la gente que se ilusionaba con el mismo.
Apenas las sorpresas que daban Costa Rica y Camerún le dieron al estudiantado una razón para hablar del Mundial.

La semana siguiente trajo los exámenes finales.
Ese periodo en el que la mayoría sufre y se desgañita, se desvela y agoniza, para mí siempre fue una semana de relajación, y en esa ocasión no fue la excepción.

El lunes 25 de junio ni me molesté en ir a la escuela y mientras mis compañeros padecían con la evaluación de Bilogía, yo veía el partido Irlanda-Rumania, que tuvo que irse hasta los penales para que los británicos se llevaran el pase. 

El martes, las peleas en la casa me hicieron decidir irme mejor a la escuela, aunque no hice nada, pues el examen de Historia también lo había exentado.

El día siguiente marcaba mi única cita con los exámenes finales, pues el profe de Ciencias de la Tierra, precursor de la política de no exentar, se había mantenido en esa postura… Hasta la hora del exámen. 

Por causas desconocidas aun hoy, acabé exentando también esa materia y entonces cerré mi cuarto semestre de bachillerato sin despeinarme en la semana de los pelos parados.

Aquella tarde del 27 de junio, cuando caminé de vuelta a la parada del CREE-Madero, sabiendo que sería la última vez que lo haría hasta septiembre, por un segundo dejé que la nostalgia hiciera finalmente presa de mí.

Era la hora de darle valor a los actos rutinarios en el momento de decirles adiós, como siempre, como en todo:

Esa tarde decidí ser buen amigo de Viloria y escuché cada palabra que me dijo sobre su Concha adorada. Lo sé, era casi como hacer trampa, pero al menos me nació.

Por supuesto, en cuanto pasó un Pacer (esos viejos autos de American Motor Company con forma de tortuga), el primero que lo vió ejerció su derecho de darle un golpe en el brazo al otro: así era la ley, y al cruzar la Calle 18, nuestro grito de guerra “¡dispara unas galletas!” fue enunciado por última vez en ese semestre, acompañado de las usuales carcajadas.

Nada fue distinto aquellos minutos de cómo había sido en los anteriores 5 meses y, no obstante, lo era: los niños se mecían en los columpios del parque y los chavos jugaban futbol en la cancha de tierra de Vista Hermosa, nosotros nos paramos debajo del mismo árbol de cada día a esperar el CREE, y cuando vi a lo lejos que ya había salido mi “cuento” de Comandos Heroicos en el puesto de revistas, le pedí prestado como tantas veces a mi mejor amigo, quien no chistó para rascarle a su bolsillo en busca de unas monedas.

Cerca de las 3 de la tarde, el chaparrito del portafolios café y el suéter gris con la ridícula letra “J” en el pecho abordó el CREE-Madero por última vez en el primer semestre del resto de su vida, con el deseo de poder volver con salud a enfrentar el último año antes de la universidad.






4.13.2015

Retoma de Ideales (Parte 4: Un Final Más)

Prólogo: Preludio a la tragedia

Armado con el ánimo que me dio el Lunes de Desquite, la segunda semana de junio parecía ser el anhelado puente a la felicidad adolescente.

El miércoles poco me afectó que la niña del 4º “A” mantuviera su costumbre de quedarse guardada en su salón de clases todo el día. Cuando salió me puse “bien trucha” y una vez que me cercioré que el tío de la motocicleta no estaba en el lugar de costumbre, repetí la estrategia de correr en busca de mi musa.

Esta vez no le di chance a la tragedia, por lo que la alcancé justo en la esquina de la Calle 10 y el Bulevar Atlixco.

Aún jadeando por el esfuerzo de la corrida, me atreví a saludarla.

-“Hola, ¿te acuerdas de mí?”
-“Hmmm… sí”
-“Er… ¿Cómo me llamo?”
-“… (sonrisa nerviosa)… Dios, se me ha escapado”.
-“Ji, ji, ji… No te culpo, a mí me sucede lo mismo…
Hagámoslo de nuevo, ¿sale? Hola, me llamo Jorge”…

Y así fue como me las arreglé para conocer su nombre, lo cual fue prácticamente lo último que me dijo, pues luego de la lapidaria frase de “Oh, ahí viene mi combi”, tuve que dar un paso para atrás y dejar lo mejor para el final:

-“Er… Bueno, pues ya te saludé y pues espero que pueda verte por ahí en la escuela… oye ¿tú no sales mucho de tu salón, verdad?”…

Ella no contesta y hace el movimiento para subirse a su transporte no sin antes escucharme decir “Ojalá y pueda, porque encontrarte sola es como encontrar oro”.

Ella apenas se sonríe, sube a la combi y parte sin más.

Un individuo que vende sillas tejidas ha presenciado todo el número y solo se me queda viendo… Creo que hice el ridículo.

No obstante, para mí esos 2 minutos y 37 segundos de plática fueron un triunfo y nada me iba a quitar la ilusión…

Bueno, casi nada… 

Ahora sí, se recomienda leer la siguiente historia al son de Lonely World de Dion and The Belmonts


Un Final Más...

El viernes de la semana que sería el puente a la anhelada felicidad adolescente caminaba al lado de Viloria rumbo al U-2 en nuestro cotidiano trayecto por el Paseo San José Vista Hermosa Norte.

Como en nuestros mejores momentos de aquel, nuestro primer semestre en el nuevo plantel, nos íbamos dando de golpes en los hombros y haciéndonos burla con la compañera más fea del grupo entre carcajada y carcajada.

Con las clases a punto de terminar, todo pintaba para ser un hermoso día que, sin embargo, se volvió el más oscuro de la historia en un abrir y cerrar de ojos.

Creo que atravesábamos la Calle 18, cuando a nuestro lado, apenas a unos cuantos centímetros, pasó la maldita motocicleta, con la niña de los rulitos en la parte trasera, abrazando al piloto.

A pesar de que ya había imaginado la escena cientos de veces, verla en vivo y a todo color me dejó helado, sin palabras.

El tiempo que tardamos en llegar de la Calle 18, el “sitio de la tragedia”, hasta el plantel, fue como de dos siglos y 517 años. En ese trayecto mi subconsciente decidió echarme la manita: pensé “seguro es su hermano que viene a dejarla, ahorita pasa de regreso”… Pero tal cosa no sucedió.

El drama apenas empezaba.

Quince minutos después, ella estaba en clase y el tipo este se encontraba a sus anchas, parado enfrente del baño de hombres. Por un par de segundos deseé que el tipo estuviera dentro de alguno de los retretes del mismo… Pero no, ahí estaba, en mis narices, un tipo como de 21 años ¡un adulto en tierra de niños! Era todo taaaaan injusto.

Y entonces llegó el momento de la ejecución final: ella salió de su salón, cruzó la plaza de la escuela y corrió a su encuentro. En el instante en que lo abrazaba, sentí que, sin querer, alcanzó a verme de reojo, como si le hubieran encargado sumir más la daga en aquel corazoncillo de 17 años que se desmoronaba en pedacitos.

Creí que era demasiado y huí del lugar… No recuerdo bien qué fue lo que hice o hacia dónde me dirigí, solo quería evitar más castigo.

En el aire de la escuela había nerviosismo porque se rumoraba que se eliminaría la política de exentar exámenes finales, el cual se mezclaba con la expectación porque el partido Checoslovaquia vs. Austria del Mundial estaba a punto de comenzar.

Sentado junto a la jardinera más cercana a la entrada del plantel, creí que podría sobrevivir al menos unas horas más, pero entonces ella pasó frente a mí, solo para encontrarse nuevamente con su amor, justo en la entrada de la escuela. Ahí se abrazaron con cierto frenesí y a mí ciertamente que eso terminó de enterrarme…

De golpe entré en razón de lo patética de mi situación... Hasta horas antes me había creido en las puertas del cielo por 2 pequeñas pláticas de menos de 5 minutos, cuando el tipo de la moto era el verdadero habitante del paraíso, porque mientras yo tenía dos pláticas y un nombre, él la tenía a ella en los brazos, y no hacía falta ser físico nuclear para percatarse que ella estaba feliz ahí.

Era todo para mí.

Al partir del U-2 aquel viernes de junio me di cuenta que, en esencia, nada había cambiado para mí: Seguía con las manos vacías; pero en un momento que nunca voy a olvidar, quizá por primera vez en mi entonces corta vida, le vi el lado positivo a una historia con un descenlace funesto. En menos de dos semanas fui del suelo al cielo y de regreso; corrí como nunca por Vista Hermosa para tener 3 minutos de plática con la niña más linda del plantel y arrastré mis pies todas esas calles cuando la realidad me plantó cara.

Estaba triste, ciertamente, pero no sé por qué, esa vez en lugar de bajar la cara y caminar con los hombros hacia abajo y las manos adentro de los bolsillos, miré al cielo y me di cuenta que, al menos, en esa ocasión perdí con la cara al sol…