5.25.2018

7 Covers tan Chidos como la Rola Original

Cuando estaba chavito y el mundo era blanco y negro, declaré mi odio eterno a los covers musicales. No me cabía en la cabeza que gente que se jactara de ser "artista" le apostara a "copiar" algo que alguien ya había hecho para alcanzar el triunfo.
Durante años hice oídos sordos a cualquier canción que viniera después de la original y a mis oídos bloqueados los acompañaba una ola de vituperios contra quienes grabaran un cover.
Afortunadamente, con el paso de los años fui dándome cuenta que en la música como en la vida misma, hay muchas escalas de grises y ahí fue donde mi "odio" por los covers cedió y entonces caí en cuenta que no tienen nada de malo, que cada quien es libre de expresarse como quiera y que mientras se haga con respeto, un cover puede ser un gran homenaje a una rola, no importa lo vieja que sea.
Lo sorprendente del caso es que conforme se abrió mi entendimiento, caí también en cuenta que hay covers que son incluso mejores que las versiones originales y lo más increíble es que cuando hice un poco de reflexión, me acordé que una de las primeras canciones que me gustaron de chiquillo, era un cover, y que tardé años en escuchar la original.
Inspirado en esa idea, hago esta recopilación de 7 covers que me gustan tanto como la original, a la cual nos lanzamos sin más preámbulo y ordenando las rolas en cuenta regresiva hacia las que más me laten.

7 Heroes

Cuando la versión original de David Bowie salió al mercado yo era un niñato y, por supuesto, pasó inadvertida para mí, incluso en años posteriores porque, por alguna extraña razón, nunca he sido fan irredento del gran maestro. Fue hasta que Godzilla (R. Emerich 1998) invadió las salas de cine que me di cuenta que esta rola existía y me súper latió en su versión de The Wallflowers. Obvio, unos días después de escuchar este cover escuché la original y claro que me gustó también. 
La original: David Bowie (1977) 
El cover: The Wallflowers (1998)

6 La Bamba
Como buen hijo de los 80s, mi primera exposición a esta canción fuera del folclor mexicano cuando había bailables jarochos en la primaria, fue con la película del mismo nombre y la versión que Los Lobos le hicieron a este clásico de Ritchie Valens. Durante años preferí el cover, poseedor de un ritmo "más moderno" según mi forma de entender las cosas cuando tenía 14 años. Hasta mucho tiempo después fue que pude darle su justo valor a la versión original, plasmada por un chico que quería salir adelante en un mundo cambiante. 
La original: Ritchie Valens (1958) 
El cover: Los Lobos (1987)

5 I've Just Seen a Face

Hacerle covers a The Beatles es un deporte universal, pero hacer uno como este, del que seguramente cualquier fan de la banda se sentirá orgulloso, es otra vaina. La versión de Jim Sturgess suena diferente, tal vez no es tan encantadora como la original, pero te llena de una energía que es difícil de describir y que quizá la original no alcanza en toda su grandeza. Con todo, amo las dos.
La original: The Beatles (1965) 
El cover: Jim Sturgess (2007) 

4 California Girls

Uno de los himnos más célebres de la música surf es interpretado con un ritmo hipe ochentero. Esta es la rola a la que me refería arriba, pues hasta compré el sencillo del vocalista de Van Halen y tarde años en escucharla con la voz de Mike Love y un poco más en adorarla como todo lo que hicieron The Beach Boys.

3 Can’t Take My Eyes Off You 

Mi primera experiencia con esta rola fue la versión de Boys Two Gang cuando tenía como 9 años. Es de las pocas rolas que recuerdo de antes de que me volviera un melómano irredento, supongo que debo culpar a mi madre de ello. En la secu esta versión fue nuestro himno de batalla en un concurso de tablas rítmicas y aquí sí debieron pasar más de 10 años para que me enterara que había versiones anteriores que poco se parecen a la versión disco ochentera que yo conocía y amaba. Sin embargo, al menos la de Andy Williams (quizá más famosa que la de Frankie Valli) me gusta mucho.

2 Uptown Girl

Es raro, porque escuché la original cuando estaba chico, pero nunca me hizo "click" tanto como el cover de WestLife (en gran parte por culpa de Claudia Schiffer) que habré escuchado como mil siglos después... A partir de ahí se volvió una rola especial, tanto esta versión como la de Billy Joel, que volvió por sus fueros y me rayó con ese video tan fregón en el taller mecánico. 
La original: Billy Joel (1983)
El cover: Westlife (2001)

1 Come On Eileen

Esta rola retumbó en mi vieja primera grabadora durante años. Tuve el privilegio de que siguiera sonando en la radio tres años después de que vio la luz y de que me acompañara desde 1985 cuando perdí las cabras por la música. Cuando Save Ferris le hizo un simpático cover no pude sino dejar que una lagrimita de nostalgia resbalara por mi mejilla y luego dejarme llevar por el ritmo pegajoso de la nueva versión, casi dos décadas después. 

2.13.2018

10 'humildes' razones para enamorarte de Madrid

¿Y qué tal que lees esta entrada al ritmo de "Madrid, Madrid" de los Hombres G?



Madrid es una ciudad de otra galaxia, su oferta es casi interminable y ajustable para todos los gustos y, afortunadamente, para todos los bolsillos.
No pretendo en este post ser guía de turistas ni jactarme de conocer tanto que puedo elegir las mejores opciones sin dejar fuera algo esencial. El objeto de esta publicación es únicamente compartir un poquillo de "mi experiencia mía de mí" para sugerir las 10 actividades que, a mi muuuy personal punto de vista, te pueden provocar que te enamores de Madrid y que tienen como común denominador que no cuestan un centavo, algo muy chido para quienes solemos viajar con poco presupuesto y hemos aprendido con el tiempo a apreciar la belleza de las cosas sencillas (y baratas).
Sin más preámbulo, iré contando del 10 al 1 con la última opción como la más fregona a mi forma de ver. Ojalá y te sea de alguna utilidad este post si piensas ir por primera, segunda o milésima vez a Madrid. Seguramente ya estás enamorado (a) de ella...

10. Hacer 'Window Shopping' en la Calle de Preciados

Hace algunos años, el sábado en la tarde era obligado ir a la Calle de Preciados. A sabiendas de que el domingo el centro estaba muerto, toda la gente se descolgaba a hacer sus compras semanales en ese momento. La globalización se ha comido esa vieja costumbre madrileña y ahora casi cualquier día es sábado en la tarde en Preciados, donde el bullicio es tal que a veces es difícil caminar entre turistas y madrileños. Reto aparte será ver un aparador sin que te den un golpe con una bolsa de shopping. Bien lo vale. La escala en el fnac al final de la calle es obligada.


9. El jardín botánico de Atocha

Difícilmente alguien puede imaginarse que va a toparse con algo así adentro de una estación de trenes, pero es realidad. Se tardaron en hacerlo como mil siglos, pero les quedó de pelos. Dar vueltas por ahí, leyendo o sin leer las leyendas explicativas es un gustazo. Acabar en el estanque de las tortugas es un mega clásico y aunque se ve que está súper choteado que todo mundo tome fotos de los simpáticos reptiles, seguramente tú acabarás haciendo algunas antes de que puedas resistirte.


8. El parque lineal del Río Manzanares

Yo lo conocí en abril y me estaba helando cuando lo recorrí, estaba desierto y era imposible detenerse 3 minutos sin empezar a helarse, y aun así me fascinó. Quiero imaginar que una tarde de verano a las 19:00 horas ha de ser un lugar increíble, lleno de vida y de bullicio, plagado de niños y de joggers. Sin estar lejos del centro de Madrid luce como un sitio alternativo, no muy conocido o popular. Tal vez me equivoque por mi única experiencia, la cual no me impide recomendarlo aaaampliamente, porque además te invita a imaginar cómo era cuando no había parque y todo era un río. Camínalo desde la zona del Estadio Vicente Calderón hasta la Puerta de San Vicente y cánsate mientras te enamoras de este lado de Madrid.


7. Caminar toda la Castellana

Echarse esta avenida a pié, desde, digamos, las Torres Kio, hasta Atocha (aunque ya haya cambiado de nombre 2 veces), te hará entender lo que siente un glóbulo rojo cuando pasa por la arteria aorta: uno siente que está justo en donde circula el flujo principal de la sangre de Madrid, tan llena de vida, tan colmada de energía. No importa si a tu lado pasan los grandes autobuses del transporte público, los taxis blancos o las miles de motocicletas que recorren esta ciudad, la paz de La Castellana será siempre tuya gracias a los cientos de árboles que acompañarán tus pasos. Hazlo a cualquier hora del día y si te cansas, hay miles de bancas en la ruta para que desanses.


6. Ir a ver el Guernica

Yo no soy un tipo de museos, suelo aburrirme o embotarme muy pronto. Sin embargo, cuando se trata de El Guernica, el hechizo es inexplicable. La primera vez que fui, estuve sentado en el piso viéndo la pintura cerca de 2 horas. Tiene tanta energía, hay tanta angustia y dolor atrapados en ese gigantesco lienzo que no se puede pasar por Madrid sin ir a echarle un vistazo. La buena noticia para los backpackers es que se puede ver gratis los lunes y de miércoles a sábado de 19:00 a 21:00 horas y los domingos de 13:30 a 19:00 horas, todo en el Museo Reina Sofía, que está cerquita del metro Atocha.


5. La Gran Vía de noche

Cierto, de día el bullicio la hace una de las calles obligadas en Madrid, pero Caminarla desde Plaza España hasta La Montera después de las 23:00 horas te ofrece otra perspectiva de esta calle que puede ser diametralmente opuesta a la tradicional. Con los comercios ya cerrados, apenas los cafés y las tiendas de souvernirs estarán abiertas. Te toparás con uno que otro quiosco de prensa aún operando y lo más probable es que pases junto a algún personaje de la fauna nocturna de Madrid.


4. Puerta del Sol hasta la media noche

Si pasar por Sol durante el día te ha llamado la atención, no puede dejar de ir a ver cómo el día muere ahí, sin importar la estación del año (aunque te recomiendo poderosamente que vayas en verano). Como en muchas ciudades de Europa, el velo de la noche es una invitación para que ciertos grupos que no se muestran mucho durante el día se asomen y la particularidad de Sol es que lo hacen en un lugar donde los turistas no se esconden al ocultarse el astro rey, por lo que la interacción es obligada: darketos, escatos, incluso alguna que otra prostituta que se anima a salir de su jurisdicción en Callao, todos están invitados y para todos hay espacio en Sol, donde conviven con los locales que andan de marcha, los cansados turistas y, cerca de la media noche, con los mariachis que, al menos las veces que yo estuve ahí, convidaron un poquito de México a todos los que tuvieron la suerte de pasar por ahí a esa extraña hora, que es sensacional.



INTERLUDIO

Debo hacer 3 menciones honoríficas que complementan el presente conteo.

a) El Estadio Santiago Bernabéu

Aunque no le vayas al Real Madrid, ir a un partido a ese estadio, cuya triguna está casi embarrada a la cancha, es obligatorio. Yo, particularmente, disfruto mucho cuando el Madrid va perdiendo y la gente se empieza a salir 10 minutos antes de que acabe el juego: un gesto tan, pero tan madridista.

b) Casa de Campo

Casi te apuesto a que esta no la has hecho nunca. Un día, agarra la Línea 10 del metro y vete hasta la estación Casa de Campo, bájate y vuelve a la civilización caminando. Pisarás un Madrid que la mayoría de los que no tenemos la fortuna de vivir ahí desconoce. Mi ruta sugerida: Carretera del Zoo al norte, Paseo de la Venta al este y de ahí toooodo hasta donde cambia de nombre a Paseo María Teresa y luego todo derecho hasta el Lago de Casa de Campo y luego al metro Príncipe Pío. Hacer esto es una hazaña para los pies que te ofrecerá varias rutas de escape si te sales a la derecha. No lo hagas.

c) El Palacio Real

Este es un clásico que nunca me ha puesto los pelos de punta pero creo que es obligado. No hace falta hacerle mucha publicidad pues es una de las primeras escalas que todo mundo hace. Las vistas de Casa de Campo desde su explanada son muy chidas, pero siempre está lleno de gente tomándose fotos y eso le quita encanto.

Ahora sí, volvamos al conteo principal con el Top 3:


3. El Parque del Moro

No es ni por mucho uno de los más conocidos de Madrid pese a su céntrica ubicación y ahí precisamente está su encanto, pues suele estar muy solo, lo que lo hace encantador como una grandiosa opción para ir a perderse entre sus estrechos senderos llenos de árboles gigantescos, con espacios para sentarse a hacer reflexión, escuchar música, tomar un bocadillo o incluso, si eres como yo, hasta echarse una siesta sin temor de ser despertado (salvo que sea por un ave). Subir el sendero principal te permite tener una perspectiva única del Palacio Real, que se yergue al final del mismo en lo alto. Creo que este fue el primer parque que descubrí en Madrid, incluso antes del Buen Retiro y tal vez por esto es que le guardo un cariño muy especial.




2. El Buen Retiro

Inmenso como él solo, no es capaz de pedirte que recorras solo una parte de él. No puedes decir que has recorrido El Retiro si no lo has caminado todo y, es más, yo me atrevería a decir, si no has pasado por alguna de las cosas encantadoras que puedes hacer en él.
Desde pasearte por el lago en la lancha, que es lo que todo mundo hace, hasta recorrerlo en bicicleta y darte cuenta que está de subida de sur a norte y que rodar en dirección contraria es una auténtica maravilla.
Además de caminarlo, yo descrubrí en algún momento de mi vida, lo increíblemente hermoso que es postrarse en una de sus pequeñas colinas a leer, tomarse una horchata de chufa y luego echar una siesta sin más sonido que los pajarillos que por ahí adornan el paisaje. Esos segundos andes de quedarme dormido, mientras veía hacia el cielo de Madrid enmarcado por los árboles del Buen Retiro, quedé prendido a ese lugar para siempre.


1. Las puestas de sol en el Parque del Templo de Debod

La primera vez que llegué a este lugar fue por casualidad, no había muchos letreros ni referencias entre los comentarios, ni de mis amigos que viven en Madrid ni de los panfletos turísticos. Era como si este sitio estuviera "castigado" del ojo público y, sin embargo, en cuanto puse pie sobre él caí rendidamente enamorado.


Fue una tarde de verano y mi arribo fue cerca de las 20:00 horas. Había mucha luz del sol todavía y aunque yo solo quería encontrar un lugar en el cual descansar tras otra de esas caminatas inmensas, lo que encontré fue una de los espectáculos más hermosos que he visto fuera de mi país.
El sol descendía a su cita diaria con el horizonte mientras el cielo se ponía rojo, naranja y amarillo, todo enfrente de mí, sin que nada se interpusiera.


Situado en lo algo de una loma, el Parque del Templo de Debod no tiene como principal atractivo esa construcción egipcia reconstruida en pleno corazón de Madrid, a unos metros del Quijote de Plaza España, no. Su verdadero encanto es pasar esa hora y media de verano leyendo, charlando o simplemente mirando cómo el sol se despide de una ciudad que puede brillar por sí sola, pero que necesita del sol para regalarnos un espectáculo como solo en el Templo de Debod se puede ver.



(Por cierto, todas las fotos son mías)

10.31.2017

¡Corazones a la Carga!




Recomiendo poderosamente leer la siguiente historia al son de Brown Eyed Girl, de Van Morrison.

La vi por primera vez la tarde del jueves 6 de septiembre cuando acepté prestarme a la pantomima de la novatada.

Mi misión era ir a los salones de los primeros semestres a engañar a los chicos para que permanecieran en sus aulas en el momento preciso para ser emboscados por los gandayas de quinto y tercero.



Cuando entré con desánimo a ese cuarto de lámina solo vi a un montón de chicuelos de primer semestre; pero apenas me planté al frente del grupo, todos ellos desaparecieron... menos ella. Sentada en una esquina, brillando como una constelación completa, su imagen provocó que mi mandíbula se fuera al piso y que mi corazón empezara a latir a un ritmo que hacía meses no experimentaba.


No recuerdo ni cómo terminé mi discurso porque desde el momento en que la vi no había más nadie en su salón, ni en la escuela, ni en la ciudad, ni en el universo. Solo sé que cuando salí del aula de hojalata, llegué a pensar que todo había sido una visión… 

Desafortunadamente, los siguientes días se encargaron de reforzar la idea de que todo había sido una visión: no la volví a ver y para el siguiente miércoles mi mente estaba al borde del colapso, inundada por una colección de problemas que se me vinieron encima. Viloria y Gabriela, Viloria y Malajevich, Viloria y sus amigas de Tercero “C”, Viloria y “Concha”, Viloria y Consuelo… ¡Aaaaaaaargh!


Pero en ese coctel de líos, mi visión de la semana anterior ya tenía un nombre: la bauticé como “La Chica del Chaleco” y todos los días había pasado un rato considerable dirigiendo mi vista hacia la puerta de su salón de manera infructuosa esperando algo que parecía imposible conforme las hojas del calendario empezaron a caer.

Y entonces, una tarde, sin advertencia alguna para mi maltratado corazón, la puerta del salón de lámina se abrió "de par en par" para dejarla salir.


Su cabello castaño claro, su complexión menudita, su chalequito gris, sus ojos, su forma de caminar y, por sobre todas las cosas, su increíble sonrisa, me dejaron claro que esa visión que había revoloteado por mi mente durante una semana no era obra de mi imaginación… Ahí estaba, caminando por los mismos pasillos por los que yo solía arrastrar mis pasos.

En ese instante todos los problemas que habitaban en el salón de Quinto “F” y que me tenían al borde de lanzarme al Río Atoyac, se hicieron pequeñitos, y la “Chica del Chaleco”, sin saberlo, me acababa de salvar, porque a partir de ese instante mi vida dio un vuelco y recobró el sentido.

De pronto, dejó de pesarme la tragedia del verano anterior y, más importante, entré en conciencia de que debía aprovechar la experiencia del Lunes de Desquite para nunca más volver a “morirme de nada”. Esa tarde de septiembre, cuando vi que mi visión no era tal, sino que era una hermosa niña con un chaleco gris, una blusa blanca abotonada hasta arriba y una sonrisa de fábula, decidí que no me iba a quedar solo viendo.

Si ella ya tenía novio, si era sangrona, vanidosa o si pertenecía a una secta satánica, yo estaba dispuesto a correr el riesgo de que el tiempo me diera otra bofetada, pero a lo que no estaba dispuesto era a no intentarlo…