2.14.2009

Mis 7 Peores Momentos en un Estadio...


Mi historia como aficionado no televisivo del futbol es un tanto corta para mi nada despreciable edad.

Mi primer partido en una tribuna fue cuando tenía 10 años, en el Mundial Juvenil de 1983, en el Estadio Cuauhtémoc de la ciudad de Puebla, el único estadio que conocí hasta 9 años después y no fue sino hasta 1996 en que puse pie -y trasero- en el Olímpico Universitario, cuando realmente inicié una travesía que espero no termine jamás.

En todos esos años me ha tocado, creo, vivir más momentos de pena que de gloria, aunque no me puedo quejar de lo segundo, pues he visto todo a lo que se puede aspirar como aficionado. Aunque yo creo que es en los momentos de mayor dolor en los que se pone de verdad a prueba el amor que se le puede tener a los colores.

De ahí que he rascado un poquito en mi semi defectuosa memoria para extirparle los 7 peores momentos que me ha tocado vivir en un estadio de futbol, a los que vamos sin mayor preámbulo, subiendo de volumen el dolor experimentado, es decir, yendo del menos "pior" al más horripilante -afortunadamente, varios tuvieron final feliz-:


7. Estadio Nou Camp de León:
Juego de vuelta de la Final 1991-92


Tal vez fue por la emoción de viajar por primera vez en avión -y por el hecho de que un cuate me pagó la mitad del viaje-, me aventé la puntada de viajar a León para el duelo de vuelta de aquella esperpéntica Final entre Puebla de Manuel Lapuente y el León de Víctor Manuel Vucetich, sin ser aficionado de ninguno de los dos equipos.

La ida, en la que mis hermanos y yo nos pusimos una empapada de mega miedo, finalizó 0-0 y la vuelta no prometía ser mejor, aunque no imaginé lo peor que sí sería.

El vuelo en chárter fue grandioso, del aeropuerto un autobús nos recogió para llevarnos al Nou Camp y pues como que yo creía que nos pondrían en un palco y toda la cosa, pero quién sabe quién fue el genio que organizó el tour, el caso es que nos mandaron a la tribuna de sol, atrás de una cabecera, en medio de la sección más enardecida de aficionados verdes. Nunca había visto hasta ese día y me atrevo a decir que hasta éste, gente más mala leche que la de esa parte de la tribuna del estadio de León.

Nos agredieron de todas las maneras posibles y no se tentaron el corazón, pues entre el grupo en el que iba yo estaban papás, esposas e hijos de los jugadores del Puebla a los que bañaron de toda clase de objetos e insultos.

No olvidó que un viejito gentilmente se acercó a regalarle a un grupo de energúmenos una caja de camotes en señal de amistad, los cuales fueron regresados a nuestras caras, espaldas y nucas como proyectiles.

El partido, por cierto, fue una basura y creo que ni los goles vimos... Tuvimos que salir huyendo de ese estadio, al cual no he vuelto más...


6. Estadio Olímpico Universitario:
Juego de ida de Cuartos de Final del Verano 1997



Mi primer torneo apoyando a Pumas en CU me regaló un liderato de algunas jornadas, las contadísimas actuaciones de Bernd Schuster, los goles de Christian Domizzi y, aunque el equipo se cayó hacia la segunda parte del certamen, no dudé en ir una vez más desde Puebla para apoyar en la ida de Cuartos de Final ante Toros Neza una tarde de jueves, nublada.

Esperábamos lo mejor y obtuvimos todo lo contrario, porque esa tarde apareció Javier "Lafallén", nuestro portero "balín", que le regaló de la manera más patética un gol a Rodrigo "Pony" Ruiz, el cual puso a los "Toribios" 3-0 luego de un par de dianas de Arangio.

Extraño resultó que, apenas segundos después de ese tercer gol, en el minuto 60, empezó a lloviznar en CU y nos tuvimos que chutar 30 minutos bajo la lluvia, helados, petrificados, mientras que en la tribuna de Pebetero, antes de que apareciera la Rebel, la afición de Toros Neza bailaba encuerada bajo el agua que, en el Palomar, se mezclaba con nuestras lágrimas.


5. Estadio Saint Jakob Park:
Semifinal de la Euro 2008, Alemania vs. Turquía


Turquía había caído de mi gracia cinco días atrás cuando echó a Croacia en penales y me obligó a sufrir para llegar rayándome a las 2 de la mañana a la estación central de trenes en un periplo entre Viena y Basel que duró los tres partidos de Cuartos de Final de la Euro 2008 a los que asistí el verano de aquel año como enviado del periódico REFORMA.

Su afición sin chiste ni siquiera se asomó por Basel el día de la Semifinal ante Alemania y me parecía un sacrilegio que un equipo tan gris llegara a la Final, así que, de algún modo, me simpatizaba más la causa germana.

Pues bien, hasta el minuto 85 todo era bello con la victoria parcial de los alemanes, ya me hacía mandando "temprano" mis notas para CANCHA y yéndome de nueva cuenta a la estación del tren sin mucha prisa para agarrar el tren a las 2. Sin embargo, para variar, ahí apareció el señor Senturk para empatar el asunto cuando faltaban 4 minutos para que acabara el juego:
"¡Me lleva la chingada!" Pude gritar en la parte baja de la tribuna de St. Jakob Park con la fortuna de que nadie me entendió, pues a mi alrededor no había un solo hispanoparlante: orientales, turcos, alemanes y suizos eran mi compañía...

¡Otra vez tiempos extra, otra vez penales, otra vez escribir en friega, otra vez de salir corriendo, otra vez de llegar con el corazón en la mano al tren para no perderlo..!

Afortunadamente, mi sufrimiento duró sólo 4 minutos, porque justo en el 90, Philipp Lahm se sacó el gol de su vida de la chistera y le dio el pase a la Final a Alemania y a mí me regaló 50 minutos que nunca dejaré de agradecerle.


4. Estadio Olímpico Universitario:
Juego de vuelta de Cuartos de Final del Apertura 2003


Cuando Toluca recibió a Pumas en el Estadio Nemesio Díez para la ida de la primera fase de knock outs de aquel Apertura 2003 yo estaba de vacaciones en Lemoore, California, con mis tíos.

Ahí prendí la tele y vi un juego que no esperaba. Pumas dio un partidazo ese miércoles 3 de diciembre, que empató 2-2 con los Diablos, con goles de Joaquín Botero y Darío Verón.

Mi boleto de vuelta a México era para una semana después, y sin embargo, sentí la necesidad de apoyar a mi equipo en el estadio, así que me gasté un varo para cambiar el regreso y el sábado 6, tres horas antes del partido, ya estaba en la tribuna del Olímpico Universitario, con la corazonada de que ese sería nuestro año y que terminarían los 12 y medio que teníamos sin ganar un título.

Sin embargo, algo pasó y de ese gran equipo que vi por televisión no quedó nada para el segundo partido. En medio de la estupefacción de todo CU, el Toluca ni se despeinó para ganar 2-0, tranquilito, con uno de Carmona al 31 y el lapidario, de nuestro ex capitán, Israel López, al 53...

Ese año, debí pasar el resto de mis vacaciones en mi casa, por haber tenido una corazonada que más bien me dejó completamente descorazonado...


3. Estadio Olímpico Universitario: 10 minutos del juego de vuelta de la Final Clausura 2004

Trece años después del último título de Pumas, nuestros corazones estaban puestos en Ciudad Universitaria desde la 6 de la mañana. Terrible aventura para poder entrar, terrible aventura para encontrar a mis hermanos, que vinieron con la intención de presenciar la historia. Juego apretado, nada para nadie después de que el árbitro le regaló un penal a las Chivas en la ida y el global estaba 1-1.

Al minuto 80, algo pasó que mi corazón empezó a latir de una manera hasta entonces desconocida... Cada vez que Chivas agarraba la pelota, por el motorcito de mi cuerpo se paseaba la posibilidad de que los rojiblancos anotaran en ese instante... yo sabía que si eso sucedía, nos quedaríamos sin título, nos quedaríamos a nada, nos quedaríamos sin nada... En el instante que terminó el tiempo regular sentí un poco de alivio, que fue sólo temporal, pues cuando el reloj marcó 115 minutos de batalla, el sentimiento que había estrenado un rato antes apareció potenciado diez veces...

Era tal la tensión que más de una vez sentí que se me ponían los ojos de Remi, ante la posibilidad de que la tragedia llegara convertida en un gol del chiverío... La última jugada del partido, una pelota que tuvo Rafael Medina en el corazón del área y que no sé cómo sacó Sergio Bernal, fue el epílogo de una agonía que duraría unos minutos más hasta que el propio Medina voló su tiro penal, pero que no tuvo un volumen tan alto como el que viví en los últimos cinco minutos de las dos fases de juego antes de que Pumas, finalmente, levantara el título del Clausura 2004.


2. Stade de France de París, Francia:
74 minutos de La Final de la Champions League 2006


En el momento en que el árbitro expulsó a Jens Lehmann, con todo y que anuló un gol de Ludovic Giuly, sentí que la Final de la Champions sería toda para el FC Barcelona. Ahí estaba yo, en el Stade de France, con toda la pila puesta para ser testigo de algo monumental, parecía que sólo era cuestión de tiempo.

Sin embargo, el primer gol cayó del lado de la portería donde yo estaba, fue a favor del Arsenal y fue por una falta que nunca existió, al minuto 36. Después se vino la agonía. Lo que parecía cuestión de tiempo, se volvió una sorda lucha del Barça contra una pared de futbolistas con playera amarilla.

Cuando el tablero de la cabecera norte del Estadio de Saint Dennis cruzó los 70 minutos una especie de desconsuelo empezó a apoderarse de mi corazoncito... Empecé a pensar que todo el esfuerzo y el sufrimiento para estar ahí esa noche del 17 de mayo de 2006 amenazaba con ser en vano... la tensión en los duelos ante el Chelsea, el Benfica, el Milan... el dinero que me había gastado, el largo viaje hasta París, la emoción previa...

Entonces sonó mi celular... desde México llegaban las primeras burlas, que decían justo lo que temía: "¿Tanto para esto? ja ja ja ja" al tiempo de que se desataba un aguacero munumental sobre el suburbio parisino que amenazaba con ser el marco de una nueva tragedia blaugrana...

Pero entonces apareció Andrés Iniesta filtrando una pelota por izquierda, Henrik Larsson haciendo la dejada y Samuel Eto'o doblando por abajo a Manuel Almunia... El resto es una hermosa historia...


1. Estadio Olímpico Universitario:
Juego de vuelta, Semifinales del Verano 2002


Difícilmente podré experimentar un instante tan amargo como éste; por el momento, por el rival, por las circunstancias, por la forma...

Después de tres torneos sin llegar a la Liguilla, después de haber sido último lugar general, el regreso de Pumas apuntaba a alcanzar una Final 11 años después de la última. Ya habíamos disfrutado dejando fuera al Morelia en Cuartos de Final y entonces apareció el América, el equipo más odiado por cualquiera que se jacte de ser auriazul. En la ida, raramente jugada en martes en el Estadio Azteca, el Felino sacó el 0-0 con una actuación por nota, casi heroica. Todo estaba puesto para que el sábado 18, dos días antes de mi cumpleaños, llegara el mejor regalo de mi vida: echar al América en casa, para llegar a la Final.

El ambiente aquella tarde era de fiesta. En el aire de CU se respiraba el optimismo, hasta los americanistas sabían que Pumas era mejor; había sonrisas, canciones, baile y hasta piezas de pollo volando por el aire.

Pero la fiesta acabó demasiado pronto, y de la peor manera posible: apenas al minuto 6, Miguel España mandó la pelota a su propia red... un autogol... un estúpido autogol...

Las sonrisas se volvieron caras largas, el baile fue cegado por la inmovilidad y, no obstante, el ánimo en general no se apagó y al 43 la alegría retornó a nuestros cuerpos cuando "Carucha" Müller empató el marcador 1-1 con un cabezazo. Teníamos el pase a la Final, a esa anhelada Final, en nuestras manos y sólo había que cumplir con el trámite del segundo tiempo...
Fue extraño, pero cuando Christian Patiño anotó al minuto 67 el segundo gol del América, en las tribunas del Olímpico no había drama, Pumas era amo y señor del juego y sólo necesitaba meter uno más para que el reglamento de mejor posición en la Tabla General le ayudara a pasar a la Final... Sin embargo, los 23 minutos que tenía el cuadro auriazul para meter ese gol se evaporaron de manera instantánea sin que la anotación cayera...

De pronto, Fellipe Ramos Rizo pitó el final del partido y nos quedamos sin nada, nos quedamos sin Final, nos echó el América, a dos días de mi cumpleaños, en nuestra casa, sin jugar mejor... Tardé más de 10 minutos parado en mi lugar, destrozado, con una lágrima en el ojo derecho que por azar de la gravedad no alcanzó a rodar por mi mejilla...

Y sí, además, el América salió campeón ese torneo...

10.24.2008

Maquíllate...


En el mundo del estrés, de las prisas, la histeria y los días de 15 minutos libres, a veces pasamos por alto detalles que nos recuerdan cuántas maravillas hay a nuestro alrededor que tienden a volverse invisibles.

Hacía mucho tiempo que no tomaba un transporte público antes de las 9:00 horas sin dormirme al momento de tomar asiento.

Hace unos días lo hice y apenas vi hacia adelante, la imagen que llenó mis ojos fue como un dejà vu de miles de veces que había presenciado la escena que estaba a punto de observar y de cómo nunca dejó de maravillarme por su sencillez y al mismo tiempo por su altísimo grado de complejidad...


Me explico:

En el asiento de adelante, una chica de, no lo sé, unos 26 o 27 años saca de su bolso una polvera, equipada con un espejo circular.

Inicia la ceremonia.


Nunca me expliqué cómo es que al 99 por ciento de las mujeres que usan el transporte público nunca les da tiempo de maquillarse en sus casas. La duda nació desde mi adolescencia y aún hoy soy incapaz de responderla. Por ello, no necesité mucho tiempo para recordar la rutina, que me sé casi de memoria.

De entrada, el arte de usar cosméticos en un autobús, microbús, vagón del metro, taxi o cualquier otro vehículo en movimiento es algo que sólo una mujer puede dominar: el equilibrio para no darse un brochazo de más en la cara en caso de un enfrenón y, vamos más allá, la capacidad que tiene la mayoría de las féminas para, pese a las condiciones de la ruta, con acelerones, baches, topes y demás obstáculos, realizar su rutina con ritmo, con cadencia, como si fuera una danza en una cuerda floja.

La chica sostiene el espejo con una mano y la brocha se mueve rápidamente en la otra. Bastan 15 segundos para separarla a ella del inmenso grupo de mujeres que se maquillan por maquillarse en la mañana, aquellas que ni con dos kilos de pintura ocultan la fodonguez ni logran tapar la cara de fastidio que les acompañará el resto del día; no, ella aplica cada gramo de rubor con intención, con medida, con clase. Hay expectativas para su día.

El rubor es la parte fácil. La brocha regresa a la bolsa, que reposa en sus piernas, y de quién sabe dónde, sale la infaltable cuchara.

Científicos del mundo entero han dedicado años a tratar de inventar el rizador de pestañas perfecto, pero nada ha superado a la famosísima cuchara.

Con una cadencia que no tiene nada qué ver con el instrumento en su mano, la chica pone en riesgo su vida al enchinarse las pestañas evitando sacarse un ojo. Ni el chofer más cafre o el hoyo más profundo en el pavimento han logrado que eso suceda y esta no es la excepción. Ahora sí, la cuchara se oculta y el rimel entra a escena acompañado del espejito circular.

Afortunadamente, su uso no es excesivo, ella lo aplica como creo que debe ser, como un pequeño acento para las pestañas, no como un ungüento casi chapopotezco que afea en lugar de embellecer.

Han pasado apenas seis o siete cuadras con semáforos incluidos y la obra está casi completa. Falta la cereza en el pastel.

Aun antes de salir del bolso, se puede adivinar "quién" viene. Echar los labios para adentro de la boca deja en evidencia que es su turno de recibir el maquillaje.

No soy enemigo de los lápices labiales, pero como buen aficionado de la belleza que Dios le da a la mujer de fábrica, prefiero y aplaudo cuando en lugar de usar pintura optan por el brillo labial.

Mi compañera de viaje coincide con mis gustos y lo aplica en la medida exacta para darle a su boca un tono ciertamente llamativo. Se aprecia claramente en el reflejo en el espejito.

Sin necesidad de apurarse, guarda el brillo y después cierra lentamente el estuche que tiene el espejo.

Como si hubiera calculado con una súper computadora la cantidad de calles, el tiempo de los altos, el número de paradas del transporte y la cantidad de segundos que le tomaría ir de su lugar hacia la puerta del micro, se levanta y toma camino hacia la bajada.

Antes de tocar el timbre se da el lujo de voltear cuatro segundos en dirección a mí, y con una leve sonrisa me dice que, por si fuera poco, dentro de toda su ceremonia de maquillaje, de los riesgos para no darse un brochazo de más, para no sacarse un ojo con la cuchara o con el aplicador del rimel, dentro de todo eso, también ha aprendido a manejar el espejo y sí, me vio admirando su mágico ritual matutino.

Por eso las adoro...


8.01.2008

Su nombre en la playa...

El texto que está a continuación está tomado de una carta escrita con puras mayúsculas, que dejó mis manos hace muchos años:



Viernes 27 de noviembre, San Sebastián, España...

"Son apenas las 8:30 horas y ya he tenido suficiente para un día. No puedo creer que alguien pueda cometer tantas burradas en tan poco tiempo...

"Haberme lanzado a San Sebastián sin conocer, sin planear nada, subiéndome a un tren que ni siquiera decía San Sebastián en su destino final ya parece tonto. Creer que un borracho podía ser mi referencia para no errar la estación en la que tenía que bajar cuando él no sabía ni qué día era, definitivamente raya en lo estúpido, pero venir al norte de España en la víspera del invierno con una playerita de algodón y una camisa ya entra en los niveles de la pendejez...

Damas y caballeros: Jorge Jair Meléndez lo hizo otra vez... Estoy caminando sobre el Paseo de Ramón María Lilí, a un lado del río Urumea, temblando desde los pies y hasta la cabeza... De nada me sirvió esperar en la estación del tren hasta que amaneciera porque la temperatura no ascendió nada... No tengo un mapa así que no tengo ni idea de a dónde debo ir como buen turista... Con el castañear de mis dientes ya me mordí tres veces la lengua, y eso que no he mencionado palabra alguna en lo que va de la mañana...

"Al llegar al final del río, y de la ciudad, quedo frente al Mar Cantábrico; trato de detenerme a observar su inmensidad y tras 20 segundos me doy cuenta de que esa es la forma más fácil de suicidarse en San Sebastián: quedarse parado. El frío es tan inmenso como el mar del cual seguramente proviene. Por ello, antes de que mi nariz se ponga dura y se caiga, pongo a trabajar mis pies de nueva cuenta y dejo que el mismo mar me guíe en mi desconocida ruta por lo que por aquí llaman Donostia.

"Quince minutos después, la noche que pasé al lado del borracho en el tren comienza a pasarme factura: no dormí nada en toda la noche, me pesan mis ojitos... Y ya entrados en quejas, mi estómago me reclama que lo único que tiene dentro es un litro de horchata de chufa, una chela y un triangulito de pizza del Born... chale.

"Como buen cínico me las arreglo para ignorarme a mí mismo y dejo que los paisajes de San Sebastián sean mi desayuno. Llego entonces al puerto y las casas de madera, los pequeños botes pesqueros y la gente que trabaja a pesar del clima me roban un par de suspiros.

"A partir de ahí, las cosas se vuelven un poco borrosas... Me muero de sueño, me muero de frío, no sé dónde estoy, no sé a dónde debo ir... veo unas bancas a un lado del muelle pero me percato de que ni las gaviotas se paran en ellas; en lugar de subir, la temperatura está bajando... Me gustaría sentarme en una de esas bancas y dejar que Morfeo me lleve a su reino por unos minutos, aunque sea por unos minutos. Ya lo hice en París, en Sevilla, en Lisboa, en Madrid, en Pamplona y en Barcelona... ¡Cielos! ¡he actuado como indigente en tantos lados! Pero aquí no puedo, a menos que quiera donar mis órganos congelados para futuras generaciones...

"Me doy cuenta entonces de que camino por la Playa de la Concha, en la bahía del mismo nombre... Se ve que el agua está mega helada y que las olas al romper hacen temblar hasta a la arena... Algunas personas caminan por la desierta playa, una de ellas se atreve a correr sin que el frío le inmute. Yo quisiera correr, extraño correr, pero no puedo, las piernas me tiemblan y estoy tan cansado, tengo taaanto sueño .............................................................. 

¿Qué? ¡Rayos! Ahora sí que estoy convencido de que estoy mal... He caminado cerca de 20 metros dormido... Me detengo y me da risa... Ja ja ja ja ja ja ja... ¡Cielos, me dormí como caballo lechero! Pude haber caminado hacia el mar y morir ahogado, pude seguirme de frente hasta topar con pared y desfigurar mi rostro, pude haber sido confundido con un zombie etarra listo para sacrificar mi inmunda existencia en favor de la causa separatista vasca... ¡oh, oh! Llevo parado dos minutos y no puedo moverme... Me estoy congelando y no puedo mover un dedo... ¡Vaya forma de morir! Observo a mis lados y no hay nadie en 200 metros a la redonda... Voy a morir helado y nadie se percatará de mi deceso...

"Bueno, me digo, por lo menos voy a disfrutar el paisaje... Frente a mí, la isla de Santa Clara parece decirme '¿Para qué te detuviste, burro?'... Mientras, me parece ver cómo una gaviota se acerca a mí, con una libreta en una pata y un bolígrafo en la otra, preparada para redactar mi epitafio...

"Y entonces sucedió: mi pie izquierdo desafió al gélido clima y empezó a rascar sobre la arena. Una, dos, tres veces trazó una pequeña línea recta... Un segundo después, me había movido un metro para trazar una curva, otra recta y una curva más que cerraron el dibujo... Era una 'C'...

"Una chica que pasaba por ahí se detuvo dos segundos y se preguntó qué era eso en la arena, sin saber que el tipo que la había hecho tampoco sabía...

"Lo único que sí sabía es que mi pie izquierdo, el más torpe de los dos, me estaba pidiendo seguir y así lo hice... Dos letras después, el frío parecía cosa del pasado... Hacer una 'O' fue lo más difícil. Quise que el círculo fuera perfecto y por eso me tropecé dos veces antes de aceptar que no soy un compás y antes de rematar con un 'HOLA' arriba de mi obra...

"Di cinco pasos hacia atrás y me quedé parado viendo lo que acababa de pasar: Ella había salvado mi vida... Era gracioso, porque en ese instante estaba jalando aire... estaba agotado...

"Tomé entonces unas fotos y lo mismo hicieron los infaltables japoneses que a todo y a todos les toman fotografías; y después me volví a quedar inmóvil... No sé cuánto tiempo fue, creo que cinco minutos; el reloj me dijo que habían sido 15... Mi reproductor de mp3 tocó durante ese tiempo en un volumen muy bajo, casí susurrándome al oído una canción que parecía proféticamente elegida para ese momento: 'Vivo', esa rola que ella me regaló hace tantos meses...

"En el minuto 16 sentí cómo los párpados empezaron a ceder y el frío a abrazarme... Parecía que las cosas estaban como al principio, y siendo muy estrictos así era. Sin embargo, al mismo tiempo no lo era. La Isla de Santa Clara volteó entonces y me dijo 'No tengas miedo, puedes hacerlo'...

"Bajé la cabeza y leí unas 20 veces lo que estaba escrito en la arena... Imaginé la sonrisa que había inspirado esos rayones sobre la playa de San Sebastián y entonces caminé unos metros hacia atrás, y junto a una de las columnas que sostienen el paseo peatonal de la Bahía de la Concha, me senté y me hice 'bolita'...

"El frío me estaba cortando la cara y las manos, pero para su sorpresa, nada podía ya borrar una pequeña sonrisa dibujada por mis labios partidos... ya no tenía miedo de morir congelado mientras dormía, porque en ese momento mi corazón latía cálido, dentro de mí y yo sabía que así se iba a quedar, porque en ese preciso instante sentí que ella estaba ahí a mi lado, hecha 'bolita', junto a mí...

"Sus ojos tenían ese brillo que me había regalado durante cinco o seis segundos desde que la conozco, pero que me resultaba tan familiar como si llevara toda mi vida viéndolo reflejarse en mis ojos...

"Sus manos tomaron las mías y entonces sus dedos hicieron un nudo irrompible con los míos... El calor de su cuerpo contagió a mi cansada y maltrecha armadura...

"Sin querer, hice cuentas; en México era la 1:30 AM, y respiré aliviado. Nadie en su casa notaría que se había salido unos minutos para cruzar el océano Atlántico y estar conmigo...

"Finalmente, después de tanto esperar, estábamos solos y no hubieron teléfonos, ni juntas, ni jefes, ni novios que nos separaran...

"¿Cuánto tardé en volver en mí? No lo sé... Cuando lo hice aún podía leer su nombre en la arena... ¿Cuánto tardé en preguntarme si no había alucinado por el frío? Casi nada.

Sin embargo, no había formulado la primera palabra de la respuesta cuando sentí mis labios... No estaban partidos, ni siquiera estaban fríos... El sabor a sangre que me había acompañado toda la mañana había dejado su lugar a un sabor nuevo, diferente, desconocido, pero familiar, como si lo conociera de toda la vida...

"Me levanté con un salto temerario, un salto que creí me ayudaría a llegar a un rincón en Aragón, en el DF... No fue así, pero sí llegue a donde su nombre, escrito en la playa con mi pie izquierdo. Lo grité en silencio mil veces, tantas que el mar ensordeció, tantas que la Isla de Santa Clara me juró que mis gritos habían cruzado el océano Atlántico y que ella, la dueña del nombre en la arena, sabía todo de ese día y que tal vez, sólo tal vez, dormía en ese momento en un rincón de Aragón, con un pequeño sabor a sangre en su boca...

"Cuando subí al tren de vuelta a Barcelona a las 23:30 horas de ese mismo día, me pregunté si San Sebastián podría perdonarme por dejarle un momento inolvidable, me pregunté si sus promesas se volverían realidad, y me pregunté si algún día podría dibujar mi nombre en el corazón de ella como dibujé el suyo en la playa de San Sebastián..."

TQM, JMP


La carta no tuvo respuesta... Y hoy, seguramente está olvidada en una caja de zapatos...